El precio de la improvisación
Claudio Ranieri llevará al Valencia a los tribunales, donde aguarda desde hace tiempo Rafa Benítez. Ateniéndonos a legalidad más estricta, el italiano debe percibir un finiquito de ocho millones de euros. Tras su cese, el club confiaba en alcanzar un acuerdo amistoso y pagarle la mitad, pero Ranieri no ha cedido un solo milímetro. No perdona un euro.
Una teoría ha circulado en las últimas semanas a modo de chantaje emocional: si Ranieri es tan valencianista como presume, rebajará sus exigencias para evitar perjuicios al club. Lejos de conceder ese gesto, deseable pero no exigible, Ranieri se ha agarrado a su blindaje. La decisión admite muchas opiniones, pero también una certeza: está en su derecho.
Otro que reclama lo que le deben es Vicente del Bosque. El Besiktas le contrató a comienzos de temporada por dos años, pero le destituyó en enero. Asegura que, ante la falta de “actitud negociadora” por parte de los turcos, se ha visto obligado a dar parte a la FIFA.
La improvisación sigue gobernando muchos clubes y, como se aprecia, a un precio muy caro. A menudo da la sensación de que los presidentes invierten más tiempo en regatear finiquitos que en meditar las decisiones que toman. Es consecuencia lógica de su política incongruente, de ese vicio de firmar contratos de tres años y exigir resultados a los seis meses. O una cosa o la otra.




