La confianza como revulsivo

El pasado domingo, los asistentes al Coliseum Alfonso Pérez fueron obsequiados a la entrada con un DVD que recoge los mejores momentos del ascenso del Getafe a primera. Si, dentro de un año, se repite la iniciativa, una cosa es segura: el DVD no incluirá ninguna imagen del soporífero Getafe-Albacete que se disputó a continuación.
Durante muchos meses las vidas de estos equipos discurrieron en paralelo. De hecho, se pasaron buena parte de la Liga haciéndose mutuamente la goma. Quique Sánchez Flores lo recordaba hace poco, y hasta se atrevía a manifestar abiertamente que, por juego, los manchegos deberían estar un peldaño por encima en la tabla.
Sin embargo, mientras que Ángel Torres renovó a Quique cuando no se había alcanzado el ecuador de la primera vuelta, el Albacete decidió cesar a José González, el Kevin Costner de la Bahía, en la jornada 24. El equipo sumaba 23 puntos, y sus directivos debieron de pensar que, por plantilla y presupuesto, le correspondían muchos más. Igual esperaban estar ya salvados en enero. Desde aquella decisión han transcurrido siete jornadas, y el Albacete, ahora bajo la batuta de Monteagudo, tiene un punto más que entonces, 24. Magra cosecha.
Con la excusa de buscar revulsivos (y un tópico que sustenta la fórmula: “Es más fácil echar a uno que a 20″), los presidentes cavan en ocasiones su propia fosa. No siempre, eso sí. Tapia, en el Málaga, ha resucitado a una plantilla que Gregorio Manzano tenía con pie y medio en segunda división. Aquello sucedía, precisamente, cuando el Albacete nadaba entre dos aguas, una de ellas la de la salvación, ahora tan lejana.
Para entonces, la renovación de Quique llevaba ya dos meses firmada. Su éxito se explica por su trabajo meticuloso, casi obsesivo, pero también por la confianza incondicional, fe ciega, que recibió del club, aún en las primeras derrotas. Nunca sabremos qué habría sido capaz de conseguir José González si su presidente le hubiese apoyado exactamente igual.




