Luz verde al mercado negro
Ibrahim luce un tupido bigote a lo Ricardo Rocha. Brasileño, de tez morena, mide cerca de dos metros y se gana la vida como turoperador. Es hincha del Santos y cuenta con orgullo que en su oficina se han reservado billetes de avión para el mismísimo Pelé.
A sólo unas horas de la final del mundial 98, Ibrahim tenía cita en París con un desconocido. Necesitaba diez entradas, y el mercado negro era la única vía para obtenerlas; la legalidad ya se las había negado. Tras tocar muchas puertas, consiguió al fin ponerse en contacto con un proveedor. El hombre misterioso se presentó, pistola en mano, en el lugar convenido. Previo pago de 30.000 dólares, le entregó las diez entradas. Una de ellas, concluye Ibrahim, resultó ser falsa.
Escenas truculentas como ésta pueden repetirse fácilmente el año próximo en Alemania. Los que más años llevan en el negocio están convencidos de que será así.
En total, 3.200.000 espectadores repartidos en 64 partidos y 12 estadios podrán presenciar el Mundial en vivo. Una oferta ciertamente difícil de superar. El punto discutible, el que revela la naturaleza mafiosa de la organización, es el reparto. La FIFA distribuye estas entradas en tres paquetes: pone uno de ellos en manos de las federaciones de los países clasificados (aunque sólo incluye partidos de la primera fase, donde los emparejamientos se conocen meses antes), obsequia con otro a los sponsors de la competición (21 nada menos) y reserva el tercero para la venta al público. Sin embargo, no es la FIFA la que vende estas últimas entradas. Sin que nadie sepa explicar muy bien por qué, el máximo organismo del fútbol ha decidido conceder en exclusiva la comercialización a Byron, un broker británico que puede cobrar por una entrada un precio hasta cinco veces superior al original.
“¿Qué va a suceder con las entradas? ¿Cómo se van a repartir?”, le preguntaron esta semana en rueda de prensa a Jürgen Rollman, coordinador del gobierno alemán para la organización del Mundial 2006. Todo lo que pudo decir fue: “En una primera fase se han repartido 800.000 [¿Entre quién?]. En una segunda fase, se repartirán más”. Y se quedó tan ancho.
El modelo ideado por la FIFA fomenta el mercado negro, beneficia a unos pocos y, sobre todo, discrimina al aficionado medio. Por ejemplo, al brasileño que empeña muchos de sus bienes, si no su casa, para seguir a la canarinha durante un mes por el corazón de Europa.
Es posible que, si Brasil alcanza la final, Ibrahim se vea forzado a retomar sus oscuros negocios, esta vez en un lúgubre soportal de Berlín. Los turoperadores españoles, desde luego, no tienen estos problemas.
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