Definitivamente, se va un gigante

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En un artículo titulado “Un gigante del fútbol”, Santiago Segurola glosaba el pasado martes en El País la retirada de Fernando Hierro.

“[En el Bolton, Hierro] ha mostrado todos los recursos que le hicieron uno de los mejores futbolistas del mundo: su impecable toque, la precisión de sus pases, su poderío como cabeceador en el juego de ataque y en el defensivo, la inteligencia para maquillar su lentitud con la colocación adecuada, su temible pegada a media distancia”.

El mundo del fútbol ha sido unánime. En las loas convergen entrenadores tan dispares como Clemente, Antic o Valdano. Todos le confiaron en su día algo más que un dorsal y un hueco en el once.

Mauro Silva, por ejemplo, revela:

“Hace unos días me pidieron que realizase una alineación con los once mejores jugadores con los que he jugado y en la línea defensiva, como centrales, puse a Baresi y a Fernando Hierro”.

Claro que no todo el mundo suscribe este empacho de elogios. Para J. V. Aleixandre, del diario Levante, el artículo del “refinado Segurola” (así le llama) no es más que una visión “parcial, sectaria y cegata”.

“Me vienen a la cabeza, a bote pronto, 50 defensas mejores que el mítico jugador del Real Madrid (…) En la memoria colectiva del 70 por cien de los aficionados al fútbol (aquellos que no son ultra sur e, incluso, alguno de éstos también) el nombre de Hierro va asociado a conceptos como dureza, ventajismo, soberbia, trampa, marrullería”.

Contra la parcialidad, el sectarismo y la ceguera de Segurola, la objetividad, los datos contrastados y la visión de conjunto de Aleixandre. Hasta Mundo Deportivo se ha referido a Hierro estos días como “uno de los jugadores españoles más importantes de las últimas décadas, en un análisis objetivo que alcanza mucho más allá de las simpatías y antipatías que se granjeó durante su dilatada carrera”.

Ciertamente, durante sus últimos años en el Madrid, Hierro repartió más leña que nunca. Los rivales, ley de vida, le desbordaban cada vez con mayor facilidad y él a menudo sólo se veía capaz de hacerles frente con sus malas artes. Dicho esto, Hierro puede discutirle a cualquiera la condición de mejor central de los 90. Si representáramos la marrullería en un gráfico y trazásemos una línea horizontal en la que se situaría la media, Hierro estaría claramente por encima. Si ese mismo sistema lo empleásemos para clasificarle como futbolista, Hierro no solamente estaría por encima: se saldría.

Le pese a quien le pese, se va un futbolista irrepetible, con las enormes virtudes descritas por Segurola y un palmarés difícil de igualar. En resumidas cuentas, un gigante del fútbol.

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