La UEFA revive a golpe de crueldad

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Era, posiblemente, la peor final en mucho tiempo. No por el fútbol, que tampoco fue de alta escuela, sino por algunas sensaciones. De entrada, era un partido entre dos equipos menores (Sporting de Portugal y CSKA de Moscú) que se disputaban un título menor, devaluado por la propia UEFA. Si queremos disfrutar con ese lujoso pasatiempo llamado Champions, debemos aceptar que, de aquí en adelante, equipos como estos compongan el cartel de la otra final europea.

Tampoco ayudó lo visto en la primera parte. Los portugueses, que para eso jugaban en su estadio y ante su público, tomaron el campo con toda comodidad. Salvo un susto antes del descanso, que nos hizo pensar que en el tal Vagner Love hay más rastas que otra cosa, el Sporting vivió muy bien gracias al golazo tierra-aire que Rogerio, a la media vuelta, empotró en la escuadra desde la frontal. Al descanso, la final de la UEFA parecía un clavo más en el ataud de esta competición.

Pero el fútbol, afortunadamente, se resiste a morir. Los rusos empataron con un cabezazo que no parecía un cabezazo, porque buscó el suelo antes que la portería de Ricardo, donde acabó tras un bote premonitorio. Con él, todo comenzó a torcerse. El Sporting se creció y, en una contra, le cayó el segundo. Se volcó aún más y, en otra, los rusos marcaron el tercero. Obra de Vagner Love, por cierto. No hacía ni diez segundos que un poste había impedido el 2-2, como tampoco hace un año desde que Grecia le ganó a Portugal la Eurocopa en el otro gran estadio de Lisboa, Da Luz.

Cuánta crueldad.

Secciones: Copa de la UEFA

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