Sí, fue la noche del Liverpool
Es curioso. En grandes acontecimientos, como los Juegos Olímpicos, el Mundial de fútbol o la Eurocopa, los diarios de información general (especialmente El País) dan lo mejor de sí mismos. La redacción se moviliza, trabaja 24 horas al día y nos regala algunas joyas dignas de ser conservadas de por vida. Para los diarios deportivos, en cambio, estos eventos parecen un engorro que les impide hablar por unos días del Barça y del Madrid. Hoy, con toda la Europa futbolística saboreando una feroz resaca, con un espectáculo imborrable en la retina, Marca reserva su portada para lo que tiene pinta de ser un bulo de medio pelo (Berlusconi quiere a Ronaldo) y a Sport no se le ocurre otra cosa más que incluir unas declaraciones elogiosas de Ronaldinho sobre Henry.
Por panfletario que se haya puesto últimamente, As les pega hoy un soberano repaso al resto de diarios deportivos. Merecen la pena especialmente los artículos de Alfredo Relaño y Juanma Trueba. Leyendo Marca, por ejemplo, da la impresión de que anoche se limitaron a llamar por teléfono a Paco Buyo al término del partido para preguntarle por la actuación de Dida y Dudek en la tanda de penaltis. Amplia cobertura.
Alfredo Relaño (As): “Fueron seis minutos de ajustar cuentas con la propia historia. Seis minutos de vendaval rojo para drenar esa diferencia que parecía inalcanzable, para desatar los cánticos, para clavar a toda Europa ante el televisor, admirada por esa gesta imposible (…) El Liverpool estaba anoche dispuesto a pasar por encima de todo. Lo dijo Robin: juega por una causa (…) Como dijo Benítez, los penaltis no son un golpe de técnica, sino de seguridad, de aplomo. Y a ese trance llega desinflado el que se ha visto ganador antes, y el Milán se había visto ganador dos veces: con el 3-0 y con su superioridad en la prórroga. Al jugarse la copa en los penaltis sus piernas se hicieron de plomo. Las de los reds, no. Estaban lanzados, transportados por ese viento de la historia que un lejano día agitó Bill Shankly, aquel de “El fútbol no es una cosa de vida o muerte, sino algo mucho más serio”.
Juanma Trueba (As): “El partido con el que llevo soñando desde que era un niño es muy parecido al de ayer. No tan emocionante, debo admitir; a mí nunca se me escapa el rival por 3-0, no me torturo tanto. Pero hay prórroga. Y calambres que derriban futbolistas como balas invisibles. Y medias bajas. Y también se llega a los penaltis y los jugadores, igual que ayer, se derrumban en el césped, rotos, suplicando que alguien les estire los gemelos, exhaustos, boqueando como peces en la cesta (…) Mi partido es una simple ensoñación que se alimenta de epopeyas como la vivida ayer, qué hermoso puede llegar a ser el fútbol, qué poder para concentrar novelas, para ajustar cuentas, para otorgar recompensas. El entrenador español que no fue valorado en su país, campeón de Europa. El portero al que ya se ha buscado sustituto (Reina), héroe de la final. El equipo con el que nadie contaba y que parecía abocado a una goleada humillante, finalmente coronado. Shevchenko, la estrella rutilante y actual Balón de Oro, responsable de los fallos definitivos (…) En el modo de estallar de alegría del Liverpool reconocimos que se había hecho justicia, que se limpiaba el honor mancillado en Heysel, que nosotros también ganábamos, campeones, campeones, como en el partido que yo sueño”.
Además del bello artículo de Carlos Martínez, que ya recomendamos ayer, y del análisis de Julio Maldonado, la gran lectura obligada, por supuesto, es la crónica de Santiago Segurola en El País.
“¿Cómo podía oponerse el abnegado Liverpool? ¿Cómo podía hacerlo en una situación cada vez más desesperada? ¿Cómo podía hacerlo después de recibir tres goles en la primera parte? Nadie podía sospecharlo, ni tan siquiera su hinchada, la más leal de todas, pero igual de incrédula ante el impresionante giro que convirtió la final de Estambul en un partido para la historia. En cinco minutos arrolladores, tan imprevistos que durante mucho tiempo parecerán irreales, el Liverpool igualó el encuentro. Lo hizo con energía y coraje. Lo hizo porque no se sintió derrotado donde sólo se adivinaba el desastre. Lo hizo porque es un equipo orgulloso, con un largo pasado de éxitos y también de calamidades; un equipo que representa valores intangibles que se escapan al propio fútbol. Sólo un equipo así puede resistirse a una derrota inevitable y cambiar el destino de la final de la Copa de Europa frente al lujoso Milan que le había bailado en el primer tiempo”.
“El fútbol necesita de la épica de los débiles, no vaya a ser que el dinero abra una fractura irreparable entre los opulentos y los descamisados (…) Desde ayer, el fútbol también tiene su parte de realismo mágico. Un equipo débil y vencido se transformó en el más orgulloso de los equipos (…) En la rueda de los penaltis, las estrellas del Milan tomaron conciencia de que la final de Estambul no era un mal sueño. Era una noche real, destinada a coronar el retorno triunfal de un equipo admirable, capaz de sobreponerse a dramas, a años baldíos, a los peores pronósticos, a levantar resultados pretendidamente insuperables. Era la noche del Liverpool”.
Fue la noche del Liverpool, sí. La mañana, en cambio, pertenecía ya a Ronaldo o Ronaldinho. Allá ellos.
Secciones: Fútbol mediático, Liga de Campeones
« Rafa Benítez, de villano a héroe | Emre, el del ISS Pro 4 »




