Cuando el entrenador se convierte en protagonista (II)
Algo similar a lo de Ferguson en Manchester, ocurre en el Arsenal de Arsène Wenger. Un equipo que hace tres años asombraba al mundo por su rapidez de juego y su verticalidad, ha caído en un juego vulgar y predecible. El equipo ha envejecido, y Wenger no ha reaccionado aún. Las viejas estrellas comienzan su ocaso (Bergkamp), emigran (Patrick Vieira), o caen lesionados con excesiva frecuencia (Sol Campbell).
Un entrenador con el control absoluto sobre su equipo, como es el francés, debe prever estas situaciones, y saber anticiparse a ellas. Wenger no ha sabido, o lo que es peor, no ha querido. Está convencido de que su presencia en el banquillo, es suficiente para reflotar al equipo. Tanto es así, que el único fichaje de un año en el que se ha perdido al capitán Patrick Vieira, ha sido el bielorruso Hleb.
El equipo sigue sin contar con un “9″, pero Wenger cree no necesitarlo. Así, no se fichó a ningún punta nato, cuando podría haberse hecho. Wenger se ve capaz de llegar a lo más alto con la aportación de Owusu-Abeyie y del jovencísimo italiano Arturo Lupoli, jugadores que aún están más para la liga de reservas que para el primer equipo gunner. Él sabrá.
Además, el empeño del francés en fichar “medianías” procedentes de la Liga francesa (Flamini, Cygan, Clichy), convencido de poder sacarles un rendimiento de “superestrella”, ha salido más veces mal que bien.
Pero este es un estilo de entrenador muy propio de las islas. Un entrenador con absoluto control sobre la parcela deportiva. El problema viene cuando ese entrenador termina por alcanzar ese “status superior” del que hablábamos en la primera parte del artículo. Una frontera muy difícil de definir, y muy sencilla de superar.
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