Fernando Torres sigue haciendo amigos
El Atlético empataba sin goles en Málaga, barruntaba otra jornada sin ganar, cuando Fernando Torres tiró de repertorio y le coló a Turienzo un piscinazo que, ante la incredulidad general, acabó en penalti. Hasta aquí todo normal: no es el primer jugador, ni será el último, que engaña a un árbitro para sacar provecho. Lo malo es que Torres, después de transformar el penalti, no tuvo otra ocurrencia que restregárselo vilmente a la grada de la Rosaleda: sacó una lengua de medio metro y se tapó los oídos mirando al tendido. La provocación debió de ser una propina por si no se les había quedado ya suficiente cara de tontos con el penalti. Elegancia cero.
Fernando Torres está empezando a caer mal, muy mal. No en el Calderón ni entre la audiencia de la revista Superpop, pero sí en muchos campos de España. Hace poco, por ejemplo, recibió abucheos en un partido de la selección. Dice Alfredo Relaño que algunos aficionados empiezan a mirarle como a un consentido de la prensa de Madrid, y la teoría no parece desencaminada (aunque resulta paradójico que el jugador se sienta perseguido y maltratado, precisamente, por la prensa). Hay quien tiene la sensación de que usurpa un puesto para el que no ha reunido demasiados méritos, pues hasta ahora sus actuaciones con España casi se cuentan por decepciones. Además, Torres tiene gestos feos. Como escupir mientras mira a la grada rival o como la celebración de anoche. Es piscinero y protestón. Si a todo eso le sumamos la desconfianza que suelen generar los futbolistas con tatuajes, crestas y pelo oxigenado, entenderemos por qué cada vez son más los campos que le reciben de uñas. Quienes manufacturan el producto Fernando Torres pueden ir pensando en introducir algunos ajustes para la versión 3.0. Está perdiendo imagen en el mercado local. Y en el caso del Atlético, Asia todavía queda muy lejos.
Actualización: El País publica hoy una explicación poco o nada convincente acerca del festejo.
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