El peor Madrid de la temporada
Probablemente, la frase que encabeza esta Entrada sea una de las más repetidas en las crónicas deportivas de hoy lunes. Ayer tarde, en el Bernabéu, una sombra de equipo consiguió, aliado con la fortuna y con los deméritos de un Zaragoza excesivamente timorato, hacerse con tres puntos que buena parte del público daba por perdidos.
En una primera parte para el olvido, el Madrid sólo tuvo una ocasión de gol (disparo cruzado de Robinho que César sacó con su pie izquierdo). Y eso, en el Bernabéu, es un bagaje casi insultante. Para colmo de males, a la pésima imagen ofrecida, se unía una nueva lesión muscular de Jonathan Woodgate, quien parece abocado irremisiblemente al infortunio permanente. Sin conocerse aún el alcance definitivo de la lesión, todo parece apuntar a que se perderá el encuentro frente al Barça del día 19 (lo que sí es seguro que se pierde, es su vuelta con los Pross, más de año y medio después). Ante un Madrid que no podía, se plantó un Real Zaragoza que no sabía. La legión de ex-madridistas del club maño, a excepción de César Sánchez, no estuvo a la altura esperada ante un partido de esta índole, y ni Savio, ni Celades, ni Gaby Milito (considerando a éste como “ex-madridista”) cuajaron un buen partido. Personalmente, esperaba más de la vuelta de Celades al Bernabéu, sobre todo teniendo en cuenta que había sentado en el banco a un siempre motivado Movilla. Al final, no hubo tres mediocentros zaragocistas sobre el césped.
La segunda parte comenzó como terminó la primera. Un Madrid desatinado y que ni siquiera era capaz de retener el balón (aún así, consiguió rebajar ese demoledor 63% de posesión que mostró el Zaragoza en la primera mitad). Con Sergio Ramos y Carlos Diogo en el mediocentro, eran Beckham y Guti quienes se veían obligados a distribuir el juego, cayendo al centro del campo, y sacrificando consecuentemente las bandas. Y todo esto, con Rubén de la Red en el banquillo, a quien se podría haber dado entrada tras la lesión de Woodgate, retrasando a Ramos hasta la defensa junto a Pavón. Pero Luxe volvió a confiar en su “talismán” Mejía.
En estas estábamos, cuando tras una internada por la banda izquierda de Savio, Diego Milito se anticipaba a Pavón, y conseguía empalmar un complicado balón estrellándolo en el larguero. Ni por esas el Madrid consiguió desperezarse, y pocos minutos después, Casillas se volvía a ver obligado a realizar un par de intervenciones salvadoras.
Con el susto en el cuerpo, el Madrid parecía querer irse arriba, de la mano, o del pie, de un voluntarioso y responsable Robinho. Personalmente, me quedo con la sensación de que el Zaragoza pudo haber sacado mucho mayor botín del Bernabéu. No sé si Víctor no supo leer el partido, o si los cambios maños llegaron demasiado tarde, pero ante un Madrid tan inoperante, tenían que haber ido con decisión a por el partido, y no me dio esa sensación en ningún tramo del encuentro.
A falta de 10 minutos para el final, Muñiz Fernández decretó penalty por un claro agarrón a Robinho dentro del área. El propio Robinho, pleno de confianza, lanzó el penalty (bastante mal, por cierto), pero César, necesitado de unos minutos de gloria personal en el campo en el que nunca se le llegó a reconocer su valía al 100%, detuvo el lanzamiento. Presa de los nervios, el Zaragoza se dejó hacer otra vez la misma. Un nuevo penalty, de nuevo sobre Robinho, y de nuevo sin discusión. Esta vez fue Roberto Carlos, quien liberando al joven brasileño de la presión que podría haberle supuesto un hipotético segundo fallo, asumió sus galones de tercer capitán, y lanzó la pena máxima, batiendo, esta vez sí, a un desconsolado César.
Y en un partido en el que apenas había habido nada, el guión ya estaba escrito hasta el final. 1-0, de penalty (aunque esta vez no injusto), y tres puntos de oro para el peor Madrid. Viendo cómo se están empezando a tomar las cosas en Can Barça, el resultado no es cuestión baladí.
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