La dignidad de Zoro

El pasado domingo Marc Zoro, jugador marfileño del Messina, amenazó con marcharse al vestuario si los tifosi del Inter no paraban de dedicarle gritos racistas. En España se ha escrito mucho sobre el tema; no sobre Zoro, que también, sino sobre el racismo en los estadios. Especialmente señalado ha sido el Coliseum Alfonso Pérez, no siempre con justicia. Tan cierto es que los gritos cundieron nada más debutar el Getafe en Primera como que fueron remitiendo notablemente (pese a alguna excepción muy minoritaria) tras el incidente Luis-Reyes-Henry y su enorme repercusión mediática.
Hace un año, cuando el Getafe comenzó su aventura entre los grandes, Kameni y Sissoko (entre otros) tuvieron que soportar los insultos de un amplio sector de la grada. ¿Se trataba de un ataque premeditado por parte de aficionados racistas? Ni mucho menos. Lo que hacían estos aficionados no era más que repetir los gritos que estaban a la orden del día en otros campos de mayor pedigrí, sin pararse un segundo a pensar en lo que hacían. No tenían conciencia de que aquella práctica, tan arraigada, estuviera especialmente mal. Si la pelota iba a parar a los pies de un jugador negro, había que imitar a un mono. Igual que cuando el portero saca de puerta se entona lo de: “Eeeh…”.
El fútbol no sólo ejerce su atracción sobre individuos ya de por sí indeseables, sino que es capaz de extraer lo peor de personas que, el resto de la semana, llevan una existencia normal. El insulto es algo mecánico y forma parte del fútbol. Es demasiado tarde para combatirlo. ¿O acaso comprenderíamos a Cañizares si el próximo domingo amenazara con marcharse al vestuario porque desde el fondo se están acordando de su madre? Seguro que no.
En cambio, comprendemos a Zoro y simpatizamos con su arranque de dignidad porque, afortunadamente, algunos insultos aún suenan peor que otros. A todos menos a Paolo Di Canio, jugador del Lazio conocido por sus saludos fascistas a la grada del Olímpico de Roma, que se esforzó ayer por quitar hierro al asunto: “A todos nos insultan en el campo”. Antes de añadir nada, conviene observar dos veces la fotografía que acompaña a este párrafo y preguntarse si de algo así cabe esperar una sola palabra medianamente inteligente.
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