¿No era tan bueno Martin Petrov?

martinpetrov.jpgApenas le costó esfuerzo a Martin Petrov ganarse a la parroquia rojiblanca. Su visceralidad, acentuada por una marcada vena demagógica, le granjeó de inmediato enormes simpatías. Aquel búlgaro recién llegado protestaba cada decisión del árbitro, no escatimaba aspavientos, exageraba cualquier movimiento y corría detrás de cada balón, aunque supiera que no podía alcanzarlo. Finalizado el partido, por supuesto, saludaba sufridamente al fondo al que debía saludar. Además, jugó algunos buenos partidos; el más recordado, la victoria frente al Barcelona. En resumen, Petrov alcanzó en muy poco tiempo la condición de ídolo. El Manzanares presumía de la amplitud y profundidad que su equipo gracias a aquel jugador que el ojo clínico de Toni Muñoz había importado de Wolfsburgo aprovechando la miopía de toda Europa, incluido el Madrid, que había podado de extremos su plantilla. Estaba en España el nuevo Stoichkov. Casi nada.

Ese optimismo se ha ido rebajando día a día. Tal vez se trate de un bache, pero los últimos partidos han hecho pensar a más de uno que detrás de Petrov no hay tanto como se suponía. Con su peculiar estilo, políticamente incorrecto, Roberto Palomar apuntaba hace algunas semanas en Marca que “si Petrov fuera tan bueno como dicen, estaría jugando en el Bayern de Múnich, no en el Atlético”.

Consumido el primer tercio de temporada, Petrov no tiene sitio en el esquema de Carlos Bianchi. El virrey (sobrenombre que comienza a pronunciarse con cierta ironía, como el de Il Muro Walter Samuel hace un año) no da con la tecla. Cambiará su dibujo este domingo para recibir al Alavés y el búlgaro, según parece, se queda fuera. Tal vez se trate de una terapia de choque para estimularle a recuperar el tono de sus primeros partidos. Ahora que su efectismo ha quedado al descubierto, Petrov debe reivindicarse con fútbol. Con asistencias, y no con cortes de mangas.

PD- Buscando enlaces para esta nota he descubierto un artículo publicado en As hace algunas semanas por Óscar García. Cualquier parecido (y hay más de uno) entre ambos textos debe considerarse pura conincidencia. Pura coincidencia de ideas, en este caso.

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