Oliver Kahn, hombre récord

OliverKahn.jpg El guardameta del Bayern Munich Oliver Kahn ha batido el récord de partidos en la Bundesliga manteniendo su portería a cero, sumando frente al Stuttgart su 173er encuentro sin recibir goles. Además de para batir la anterior marca de su tocayo Oliver Reck, ya retirado, la hazaña valió para dar el campeonato de invierno al equipo bávaro. Parece, pues, un buen momento para dedicarle unas líneas a uno de los porteros más carismáticos y controvertidos que haya dado nunca el fútbol mundial.

Nacido en Karlsruhe hace 36 años, el niño que admiraba al mítico Sepp Maier (que le entrenaría mucho más adelante) pronto se encontró defendiendo el marco del equipo de su ciudad, en el que destacó rápidamente, y se convirtió pronto en uno de los guardametas más codiciados de Alemania. Los 2,5 millones de euros que desembolsó el Bayern en 1994 por hacerse con sus servicios aún se mantienen como la cifra más alta pagada nunca en la Bundesliga por un portero. Ese mismo año debutó con la selección alemana, de la que es titular indiscutible desde la marcha del sobrio Andreas Koepke en 1998. Actualmente es difícil imaginarse el marco de la Mannschaft sin la melena rubia del “Dios del fútbol”, como cariñosamente le conocen sus seguidores, y su ciclópea figura es el símbolo más reconocible del Bayern, en la misma medida que Maldini lo es del Milán o Raúl del Madrid.

Pocos porteros en el mundo polarizan tanto los juicios y los sentimientos como Kahn. Para sus admiradores, Kahn es un portero de reflejos inigualables, movimientos felinos, parapenaltis, bueno en el mano a mano y con una capacidad de mando que se ha hecho proverbial. El gran Harald Schumacher dijo de él que era el portero perfecto. Por el contrario, sus detractores le tachan de palomitero, demagogo, flojo en el juego aéreo y capaz de cometer con cierta frecuencia fallos absurdos de terribles consecuencias. Segurola afirmó en cierta ocasión que era el arquero más sobrevalorado que había conocido.

Ciclotímico como pocos, es posible que Kahn haya merecido en algún momento de su carrera todos estos epítetos y alguno más. En sus mejores días, pocos como él han dado sensación de imbatibilidad, y también pocos han cometido errores tan risibles. Cómo, por ejemplo, se le cayó la portería encima en el célebre descuento de la final de Barcelona contra el Manchester, y cómo se resarció en el 2001 deteniendo a Zahovic, Carboni y Pellegrino tres penalties que terminaron con 25 años de sequía del Bayern en la máxima competición continental; o su actuación en el Mundial de Japón-Corea, donde tras llevar a una mediocre Alemania a la final con un solo gol encajado en seis encuentros, cometió en el momento supremo un absurdo fallo que sirvió en bandeja el campeonato a la canarinha.

También han colaborado en su popularidad su indiscutible magnetismo y su carácter hosco y desafiante: famosa es su foto retando al Bernabéu con cuatro dedos en alto en uno de los míticos duelos Madrid-Bayern del cambio de siglo. Esta particular forma de ser le ha granjeado la adoración de sus hinchas y el odio de gran parte de sus rivales, para quienes es poco menos que un ogro.

Pero por encima de estas consideraciones, siempre quedará su impresionante palmarés, tanto colectivo (campeón de Europa de clubes y selecciones, de UEFA, subcampeón del mundo, 7 Bundesligas, 3 Copas, una Intercontinental) como individual (mejor portero de Alemania, de la Champions, de la Eurocopa). De hecho, ha sido uno de los pocos arqueros que ha logrado distinciones reservadas habitualmente a los futbolistas de campo, como la de mejor jugador del Alemania ’94, mejor jugador de la Final de Champions 2001, o mejor jugador del Mundial 2002, por delante de un renacido Ronaldo.

Oliver Kahn, uno de los iconos del balompié a escala planetaria.

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