Festival en Gelsenkirchen
El pasado sábado, el Schalke 04 y el Bayer Leverkusen convirtieron su partido de la Bundesliga en una epopeya de otros tiempos, que será recordada durante años tanto en Alemania como en el resto de Europa. Los dos equipos teutones firmaron un 7-4 de ensueño en una orgía de goles y fútbol ofensivo. Para hacerse una idea de la singularidad del resultado, el último partido de la Liga española en que se metieron tal cantidad de tantos fue un 3-8 del Valladolid al Oviedo (patológico, por otra parte, porque se pitaron seis penalties) en la temporada 95-96, mientras que el último que perdió un encuentro liguero marcando cuatro goles fue el Atlético, un año después, frente al Salamanca.
El encuentro de ayer fue un modelo de acierto de cara a la portería de los dos equipos, especialmente del Schalke, rival del español en UEFA el próximo miércoles. Un poco a imagen del Zaragoza hace unos días, los Royal Blues parecían haber decidido el partido poco después de la media hora, con los goles de Larsen, Kristajic y Bajramovic; el equipo azul había encontrado un filón en la banda derecha, nacimiento de dos de los tantos. Paradójicamente, era el Bayer quien manejaba la bola, y así encontró su recompensa antes del descanso, con un gran cabezazo de Voronin a centro de Freier que recordó al primer gol del Liverpool en la final de la Champions de este año.
Tras la reanudación llegó la locura. Si a los cinco minutos el gran Berbatov remataba con otro fenomenal testarazo un centro de Schneider que llenaba de temor las gradas del Arena auf Schalke, diez minutos después el resultado había pasado a ser 5-2, merced a un tirazo del discutido Kuranyi que no atajó el portero y un buen cambio de juego de Rafinha que empalmó Larsen para firmar su doblete particular.
Sin embargo, el equipo rojinegro seguía sin amilanarse, y el pequeño Schneider hacía estragos por la banda diestra. Otro de sus centros fue aprovechado de nuevo por Voronin, que empalmó un trallazo a la escuadra ante el que nada pudo hacer el arquero Rost. Casi sin tiempo para la recuperación, el fantástico extremo sacaba petróleo de una pelota que no supo sacar jugada la defensa del Schalke, y dejaba un balón franco para que Krzynowek, que había salido dos minutos antes, clavara el 5-4 con veinte minutos por delante.
Cuando los partidos se ponen tan locos suele acabar decidiéndolos la calidad individual de los jugadores. Y así, el gol que tumbó definitivamente al admirable Bayer lo tuvo que enchufar el mejor jugador azul, Lincoln, en un sensacional friqui. Y casi sin tiempo para recuperarse, Asamoah sentenciaba finalmente al equipo aspirino en gran jugada individual.
Un partido de esos que hacen afición. Ojalá cunda el ejemplo.
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