Notas del Real Madrid-Real Zaragoza
Lo vivido anoche en el estadio Santiago Bernabéu tiene muchas lecturas, y la mayor parte de ellas trascienden al puro juego. El Real Madrid de anoche perdió la eliminatoria, pero recuperó su dignidad y el orgullo de una afición que, a pesar del descomunal varapalo de Zaragoza, llenó el coliseo de Chamartín creyendo en la remontada. Si en el partido de ida el equipo maño destrozó a los blancos desde la ortodoxia más apabullante del contragolpe, en el de vuelta el Madrid invocó tanto a sus viejos valores atávicos (Juanito, el espíritu de las remontadas de los ochenta) como a los futbolísticos (la entrega, la lucha y el espíritu colectivo, pues a sus jugadores la calidad se les supone).
Todo el arsenal madridista cayó como un bombardeo sobre el Zaragoza, que especialmente en la primera parte pareció un equipo superado, derrotado de antemano, sin ánimo para enfrentarse a un suplicio que se antojaba excesivo. Son sintomáticas las palabras del arquero César:
A los quince minutos hubiera firmado un 7-0; pensé en hacerme el lesionado y que me sacaran de aquí.
El Madrid comenzó el partido como un vendaval, con tres goles en diez minutos que anunciaban una noche de emociones inolvidables, y lo terminó como el general Custer en Little Big Horn, con los jugadores vencidos y extenuados, rotos, Beckham y Cicinho llorando, y las 80.000 almas que abarrotaban el Bernabéu tributando en pie un homenaje póstumo a un conjunto que, esta vez sí, se había hecho digno de su Historia y de su escudo.
Un equipo que, por otra parte, ofreció ayer esperanza desde el punto de vista del juego: Cicinho fue una bomba de relojería de por la banda derecha, complementado por un Beckham extraordinario; Roberto Carlos ofreció un recital digno de sus mejores tiempos, quizá buscando la redención por sus terribles errores en la ida; los centrales se mostraron como baluartes en mar abierto, en un equipo que jugó sin laterales, y Gravesen ofreció la clase de despliegue que le hizo fijo en el Everton y la selección danesa. La buena noticia para el Madrid es la juventud de varias piezas clave del equipo, y la conciencia de que, desde ayer, saben que están capacitados para gestas importantes. Tampoco sería justo no mencionar el trabajo de López Caro, que desde su llegada ha dotado al conjunto de orden y ha sabido insuflar carácter ganador.
El Zaragoza, por su parte, dejó muchísimas dudas sobre su fiabilidad bajo presión. A diferencia de lo que ocurrió en el partido de ida, casi ninguno de sus jugadores ofreció la mejor versión de sí mismo: Diego Milito, verdugo en la Romareda, fue una sombra entre las torres gemelas del Madrid, Toledo un muñeco en la izquierda, y Zapater y Celades naufragaron en el medio. Sólo Gabi Milito sostuvo a la endeble defensa maña en medio de la galerna, y Cani supo leer el cansancio de los locales mediado el segundo tiempo para enfriar el partido. El equipo blanquillo llega a la final de la competición tras haber eliminado a los tres grandes (Atlético, Barça y ahora Madrid) y haber soportado que estos dieran fe de su condición y murieran, en cada partido de vuelta, en el área contraria. Gran mérito.
En algún sitio estaba escrito que el Real Madrid no debía pasar esta eliminatoria. Si jamás había levantado cinco goles el equipo de Di Stéfano, si nunca había conseguido tal hazaña ni siquiera el inolvidable once de Juanito, Camacho y Santillana, no parecería justo que lo hiciera este inestable y sorprendente Madrid actual. Pero al menos ayer se ganaron el derecho a mirar frente a frente a ese refulgente pasado. Si en la distancia el Zaragoza de Montjuïc es percibido por la afición blanca como el verdugo que cerró una época gloriosa y abrió la puerta del infierno, el partido de anoche, ante el mismo rival, tuvo en el Bernabéu aroma a comienzo, a borrón y cuenta nueva, a reconstrucción. Fue uno de esos días en los que lo que se gana, por ambos bandos, es mucho más de lo que se pierde: el equipo maño, la final; el Madrid, la esperanza. Felicidades a ambos.
Un último apunte: nada de esta maravillosa eliminatoria hubiera sido posible sin la grandeza de la Copa del Rey. Maltratada hasta el extremo, ninguneada por equipos y dirigentes, ayer (como hace una semana) se volvió a demostrar que cuando un partido copero sale bueno de verdad, pocas cosas parecidas pueden encontrarse en el Planeta Fútbol. Es muy probable que a un niño de Zaragoza que viviera el partido de ida o a un chaval que estuviera ayer en el Bernabéu el virus del fútbol se le haya quedado dentro para siempre. Y sólo por eso merece la pena cuidar esta competición, que no lo olvidemos, es el Campeonato de España.
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