Virrey Pepe Murcia

Nunca sabremos cuántas Libertadores hubiera ganado Pepe Murcia si en lugar de nacer en Córdoba (España) lo hubiera hecho en Córdoba (Argentina). De hecho, de él conocemos poco. Por ceñirnos a lo más evidente, sabemos que el Atlético, que contabilizaba 20 puntos en 18 partidos antes de su llegada, ha sumado desde entonces 15 puntos en seis jornadas. Murcia, ilustre desconocido, no ha reclamado cinco años para conformar su proyecto ni ha insistido en la necesidad perentoria de acudir al mercado de invierno para apuntalar “el plantel”. Se ha limitado a trabajar. Sin ninguna revolución táctica, sin apenas tocar el once. Murcia conoce a sus jugadores y a los del rival, sabe que Roy Makaay juega desde hace dos años en el Bayern de Múnich y se dedica a mirar al césped cuando su equipo entrena en lugar de quedarse en la banda haciendo abdominales. Es un transgresor.
En la resurrección del Atlético no se puede obviar la responsabilidad de los jugadores. Sería tan injusto como exculparles del fracaso del virreinato, aunque también esto hace pensar que la motivación de una plantilla empieza por el técnico. Entre las ganas de comerse el mundo de Pepe Murcia y las de su predecesor hay una gran diferencia. Más o menos, como la que separa la Córdoba española de la argentina.
Ayer, sobre el hielo de Getafe, el Atlético siguió creciendo (0-3). Dirigido de nuevo por un notable Ibagaza, de inmediato se adueñó del partido, al que los locales no se entregaron como en ellos es habitual. Extrañaron a Riki, cuya movilidad el frente de ataque siempre da ideas a los centrocampistas. Ni siquiera ayudó la presencia del capitán Vivar Dorado en lugar del destructivo Celestini. Pernía, que tenía la oportunidad de lucirse ante su próximo equipo, apenas subió la banda, aunque aprovechó una falta para mandar una rosca cerca de la escuadra de Leo Franco.
Enfrente, Pablo volvió a ser el central que se presume (el de España en el Mundial, ni más ni menos), Luccin se pareció al mediocentro que llegó de Vigo y Maxi Rodríguez, una jornada más, al mediapunta que condujo Espanyol a las puertas de la Champions. Ambos firmaron los dos primeros goles de su equipo desde el balcón del área. El tercero fue obra de Fernando Torres, que se sigue aturullando con demasiada frecuencia cuando encara al portero rival. Ayer, al menos, tenía la disculpa del hielo.
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