Real Madrid-Arsenal: “Galácticos” contra “Invencibles”

El 21 de febrero de 2004, hace hoy dos años, el Real Madrid reforzaba su liderato en la Liga tras vencer (1-2) en Montjuïc. Aprovechando el parón europeo, el equipo entrenado por Carlos Queiroz había impuesto velocidad de crucero. El Barça, que continuaba enderezándose, sorprendía aquella misma noche en Mestalla (0-1) al Valencia, campeón de invierno sólo mes y medio antes. Con cinco puntos de ventaja, el Madrid reforzaba la sensación general de que el campeonato tenía dueño. ¿Cómo imaginar el hundimiento súbito que se iba a producir sólo unas semanas después? Era el cénit de los “galácticos”.
En la Premier, hace hoy dos años, no había más color que el rojo del Arsenal. Los gunners no sólo eran líderes. Estaban invictos y así finalizaron la liga. Se ganaron un apodo, los “invencibles”, de existencia efímera. A la proeza le siguió una temporada irregular, salvada con la victoria en la Copa. La decadencia estaba en marcha. Hoy, dos años más tarde, el Arsenal es un equipo mediocre. Es sexto en la Premier, a 25 puntos del Chelsea. Poco queda de aquel escuadrón invencible. Ni siquiera el color de la camiseta, ahora granate.
Galácticos e invencibles, enfrentados en octavos de final de la Liga de Campeones (20.25, Canal+), atraviesan horas bajas. Han cedido el protagonismo en sus ligas, han perdido brillo y deben afrontar una renovación que ya está en marcha: Senderos, Cesc, Van Persie, Sergio Ramos, Robinho, Cicinho o Baptista comparten vestuario con Pires, Bergkamp, Zidane o Roberto Carlos, máximos exponentes de la edad de oro de dos equipos que, cada uno a su modo, han desafiado a la lógica. El Madrid cojea por los excesos presidencialistas de Florentino Pérez, según el cual “el talento no entiende de puestos en el campo”. El Arsenal, todo lo contrario, entregó hace años plenos poderes a su entrenador, Arsène Wenger, que se ha encargado últimamente de tomar decisiones más que discutibles. Si Florentino piensa que al éxito se llega simple por la simple acumulación de talento, Wenger se cree capaz de convertir cualquier material en oro. Uno despreció en su día a Makelele en favor del dios Beckham. El otro traspasó a Vieira a la Juventus el pasado verano confiando en que Cesc Fábregas, Flamini o cualquier otro podrían ocupar su hueco bajo su sabia dirección. No ha sido así, y tampoco ha ayudado la ingente hipoteca del nuevo Emirates Stadium.
Pese a los paralelismos, el Madrid llega a la eliminatoria como claro favorito. Mantiene una línea ascendente sólo quebrada (eso sí, de qué forma) en La Romareda. Su mejoría es evidente. Ha dejado de ser la caricatura que Vanderlei Luxemburgo entregó a López Caro, aunque conviene tener en cuenta que el calendario ha sido propicio. El 6-1 de Zaragoza invita a dudar y a esperar evaluaciones más exigentes. La del Arsenal podría ser una de ellas, aunque los londinenses llegan al Bernabéu seriamente diezmados. A Wenger se le acumulan las bajas en defensa. No cuenta con sus dos laterales (Lauren y Ashley Cole), con Sol Campbell ni con Pascal Cygan. Parece que Touré y Eboué acompañarán a Senderos y Flamini, improvisado lateral izquierdo. En punta, Reyes acaba de superar unas molestias en el tobillo, pero parece que será la pareja atacante del majestuoso Thierry Henry, a quien la rutina londinense no ha limado un ápice de genialidad.
El Madrid, por contra, ha recuperado a sus lesionados (Raúl, Ronaldo, Woodgate), disfruta de la efervescencia de Cicinho y ha devuelto la confianza a la grada. Respira optimismo (está por ver el efecto de las palabras de Ronaldo) y se ve con fuerzas para acceder a cuartos. Pese a todo, el Madrid está más para los sprints que para las largas distancias y debe obtener un buen resultado para viajar con cierta tranquilidad al viejo Highbury, si es que eso es posible.
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Secciones: Real Madrid, Liga de Campeones
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