Arsenal-Madrid, el fin de una era

ArsenalMadrid.jpg El Madrid fue eliminado anoche por el Arsenal de la Liga de Campeones, en un partido cuyo significado probablemente trasciende a la coyuntura de esta competición, e incluso de esta temporada. Los más clásicos quizá captaran ayer el aroma de una lejana tarde de 1964 en Viena, donde el mítico pentacampeón de Europa, cuajado de ilustres veteranos como Puskas o Di Stéfano, fue enterrado por un joven y pujante Inter de Milán.

En el equipo blanco que ayer saltó al césped del entrañable Highbury, había varios futbolistas que hasta hace poco figuraron en todas las listas de la excelencia. Raúl, Zidane, Ronaldo y compañía lo han ganado todo, algunos de ellos varias veces, y por eso el partido de ayer fue el más doloroso para ellos: la imagen de la decadencia, de la cuesta abajo sin vuelta atrás. Porque ayer no hubo desidia, como en Mallorca; ni un equipo estelar delante, como el Barça de Ronaldinho; ni siquiera un fenomenal planteamiento táctico, como en la ida de esta eliminatoria. Se encontraron frente a frente con el demoledor paso del tiempo.

Y esta sensación fue muy triste, por contraste, por lo que ocurrió en los primeros veinte minutos, en los cuales los veteranos, con el depósito lleno, encerraron al Arsenal sin piedad. Zidane fue el gran Zidane durante un rato; Ronaldo, desafortunado toda la noche, recordó por momentos a la manada; Raúl se movió entre líneas con acierto, Roberto Carlos le creó problemas a Eboué y Gravesen ofició de todocampista, anárquico pero valiente. Fue el momento del Real Madrid, y salir de él sin botín quizá le costó la eliminatoria.

Un par de contragolpes mediada la primera parte permitieron al Arsenal tomarse un respiro, y de paso hicieron dar al equipo blanco dos pasos atrás que más tarde se verían definitivos. Gilberto Silva comenzó a desarrollar con acierto su trabajo de secante, del cual se resintió más que nadie Guti, demasiado retrasado y ausente toda la noche. Por la derecha, el bielorruso Hleb, autor de un partido supremo, comenzó a fijar a Roberto Carlos, que apenas pudo subir en el resto de la noche, mientras que por la izquierda el sevillano Reyes mostraba voluntad, pero mucho menos acierto que en el partido de ida. Sobre todos ellos se elevó la figura majestuosa de Henry, líder de este equipo a distancia sideral de los demás, y maestro todo el partido en las suertes del pase, el amague, el control, el desmarque y el tiro. El mejor jugador sobre el campo.

De las botas de Titi salió la mejor oportunidad de la primera parte, una fantástica combinación de la delantera gunner que dejó a Reyes en perpendicular delante de Iker Casillas. El disparo homicida del utrerano fue escupido con violencia por el larguero, como diciendo que no estaba ahí todavía la suerte del partido. La vorágine se apaciguó al final de la primera parte por una leve lesión de Lehmann, golpeado por Raúl en la rodilla de forma fortuita.

Tras la reanudación, la decoración cambió de manera radical. El Real Madrid decidió llevar el partido por los senderos de la heroica, y quizá demasiado pronto, comenzó una lluvia continua de balones colgados sobre el área de Lehmann. El bombardeo fue resuelto con mucha eficacia por el propio portero alemán, seguro toda la noche, por el poderoso Touré y, en menor medida, por Senderos. Quizá fueron las urgencias históricas, la creciente inferioridad física, las reducidas dimensiones del campo, o bien la conciencia de que el equipo se partía en dos mitades, el caso es que los blancos abusaron del pelotazo, denotando una alarmante escasez de recursos. Los más caracterizados en el patadón fueron Sergio Ramos y Beckham, quizá también los peores madridistas sobre el césped de Higbury. El primero se vio superado de punto a punto por Henry, que puso en evidencia su bisoñez como central, mientras que el inglés fue, como en tantas otras ocasiones, un fantasma a domicilio.

Como no podía ser de otra manera, en uno de esos balones voladores tuvo el Real el partido. Lo cazó Raúl, y largó un zapatazo que superó a Lehmann pero no al poste. El balón, que no entró por un centímetro, volvió al propio capitán blanco, que remató de nuevo con la derecha para que Lehmann rozara con las yemas de los dedos y se ganara el apelativo de héroe. Fue la gran oportunidad.

Lo demás fueron peligrosos contragolpes del Arsenal, casi siempre llevados por Henry o Ljungberg y abortados sobre todo por Míchel y Raúl Bravo, muy eficaces toda la noche. López Caro fue incapaz de volver a hilvanar a un Madrid donde pedían a gritos el cambio gente como Zidane, que estaba muerto, o Beckham, medio lesionado, y asustado como siempre ante lo políticamente incorrecto, prefirió retirar a jugadores de menos nombre. Los sustitutos fueron Cassano, Baptista y Robinho, los fichajes estelares de la temporada, cuya suplencia ayer habla de los gravísimos defectos de planificación de este equipo.

En cualquier caso, la entrada de los tres atacantes dio aire al Madrid, que al menos tuvo la dignidad y la vergüenza de morir en el área de su rival, con Casillas rematando, toque de corneta y todo el mundo al ataque. Un hermoso final para un partido intenso y bravío, de pura Copa de Europa, donde se la igualada puede considerarse justa. La suerte venía ya echada de Chamartín.

El irregular Arsenal actual consigue por fin hacerse oír en Europa eliminando a un grande, algo que no consiguió el glorioso equipo gunner de hace unos años: paradojas del fútbol. El Madrid, por su parte, tiene delante un futuro tenebroso. En plena crisis institucional, con los jugadores cuestionados y desacreditados, un técnico con pocos apoyos y un cansancio demoledor, se presenta en Mestalla el próximo fin de semana, ve el partido del Camp Nou en el horizonte y tiene diez puntos de desventaja sobre el líder de la Liga. Si no se produce un milagro deportivo, huele a demolición.

Foto: www.uefa.com

Secciones: Real Madrid, Liga de Campeones

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