Highbury gana partidos
El incapaz Real Madrid de anoche tuvo enfrente un enemigo al que, aunque esperado y conocido, no supo sobreponerse. A Highbury apenas le quedan dos meses de vida (el Arsenal disputará su último partido en el coliseo de Avenell Road el próximo 7 de mayo), pero después de 93 años de historia, el coqueto estadio londinense aún sigue ganando batallas para los suyos.
Y es que el 101×67 del césped de Highbury pareció atragantárseles a los jugadores blancos. Las reducidas dimensiones del feudo gunner propiciaron frecuentes atascos en la zona de creación y de ataque blanco. El Arsenal, experto en “jugar” con las particulares medidas de su terreno de juego, contribuyó a ese embotellamiento sufrido por los jugadores madridistas, plegándose y desplegándose como un acordeón. Comprimiendo los espacios cuando defendían, y expandiéndolos cuando recuperaban el balón. Por momentos parecía que el equipo inglés podía modificar las medidas del rectángulo a su antojo, dando un ejemplo de equipo perfectamente ensamblado con su estadio.
Uno siente una pena especial cuando comprueba que la cuenta atrás que marca el fin de la vida de Highbury (Arsenal Stadium) no se detiene. Y si en la distancia uno se siente apenado, no quiero imaginar cómo deben de vivirlo los aficionados londinenses del equipo. O esos vecinos de Islington, para los que las fachadas art-déco del estadio eran ya parte de su vida cotidiana
Siempre es triste la desaparición de un estadio mítico, y Highbury lo es. Desde que el equipo se trasladase varias decenas de kilómetros y cambiase su sede de Woolwich al norte de Londres, allá por 1913, Highbury ha sido la casa de los gunners. Ha sobrevivido a bombardeos en la Segunda Guerra Mundial (fue utilizado como hospital de campaña y puesto de primeros auxilios) y a diversas remodelaciones a lo largo de su historia, pero su esencia sigue presente. Sobre su césped han brillado jugadores como David Platt, Ian Wright, David Rocastle, Tony Adams, David Seaman, Ray Parlour, Liam Brady o David O’Leary.
Nada más poner el pie en la calle al salir de la boca de metro de Arsenal Station, se empieza a respirar fútbol. Aunque no sea un día de partido. Highbury impregna todo el barrio con su aroma futbolero. Perfectamente enmarcado entre las clásicas viviendas unifamiliares de la zona, el estadio mantiene una agradable armonía con la arquitectura tradicional y no desentona en absoluto. Esa comunión con el entorno, causa principal de sus reducidas dimensiones, supone también parte del encanto de Highbury… y una de las razones de su muerte. Y es que las 38.000 localidades siempre son insuficientes ante la demanda del público gunner.
El nuevo Emirates Stadium de Ashburton Grove (sin salir de Islington) supondrá un ejemplo de comodidad, funcionalidad y modernidad. Con una capacidad para 60.000 espectadores (el tercer estadio más grande de Londres, incluyendo la catedral del rubgy de Twickenham), la directiva londinense podrá cumplir con los deseos de los cerca de 20.000 aficionados en lista de espera para obtener su abono. Se ganará en capacidad y en comodidad, pero se perderá encanto y romanticismo, valores ambos que no se compran ni con todo el dinero de Oriente Medio.
Si por algo me alegro de la victoria del Arsenal en su eliminatoria contra el Real Madrid, es porque Highbury podrá vivir un partido más antes de su cercano final. Y yendo un poco más lejos, no quiero ni pensar lo que sería una hipotética semifinal de Liga de Campeones en ese estadio, a un par de semanas de su cierre definitivo. Sin duda, el entrañable reloj del Clock End se merecería una despedida así.
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