La importancia de las faltas laterales
Es una suerte del fútbol de la que se habla poco. Ríos de tinta corren por los penaltys que se cobran o no se cobran, gloria al que dominó la presión y lo embocó, desdicha para el que tembló o fue menos listo que el portero. Y también maestros Riquelme o Ronaldinho con los friquis espectaculares desde la frontal, y la máquina de rematar corners que es el Chelsea, e incluso esos míticos saques de banda de Roberto Carlos a Raúl (alguno valió una Champions…)
No tienen esa condición especial las faltas laterales. Son infracciones que en el momento de cometerse no suelen provocar ni la euforia del favorecido ni el miedo o la inquina del castigado. Un pequeño empujón en una zona de nadie casi equidistante del vértice del área y la línea del centro del campo, una carga a destiempo, una obstrucción, una entrada aparentemente intrascendente de estas que se resuelven con un apretón de manos.
Y sin embargo, son cruciales en el fútbol actual. Sólo hace falta un buen lanzador (suele haberlo casi en cualquier equipo) un par de rematadores decentes y unos movimientos de ataque lo suficientemente bien realizados para sembrar el desconcierto en la zaga rival. Si la bola va larga y potente, el portero duda frecuentemente entre salir a despejarla o esperarla como chut; si en cambio viene tocada al centro del área, casi llovida, la pugna es casi 50% para centrales o delanteros, y el guardavallas debe arriesgarse fuera del área de meta, donde el reglamento lo hace intocable. Y en ambos casos, un grave peligro ronda.
No es fútbol ficción. Sin ir más lejos, ayer mismo Osasuna, Málaga, Betis, Mallorca y Zaragoza sacaron provecho de uno de los lances menos comentados y más decisivos del juego, cuya importancia, además, crece conforme descendemos de categoría y es más difícil hilvanar jugadas que impliquen un mínimo de calidad técnica. Con frecuencia, marcando la diferencia entre el bueno y el malo, el ganador y el perdedor. Más importantes de lo que parecen.
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