Propuestas contra el racismo en los estadios
Leemos en el País de hoy que la Unión Europea planea endurecer sus medidas contra el racismo en los estadios. Concretamente, la propuesta ha sido presentada por la eurodiputada holandesa Emine Bozkurt y otros cuatro eurodiputados. Los ponentes tachan de inadmisibles casos como los recientes de Eto’o, el fascismo de actitudes como la de Di Canio, o la consideración del Ajax holandés como equipo judío. Se lamentan de que en su opinión “no se hace nada” y de que sanciones como la de 9000 euros de multa recibidas por el Zaragoza les parecen irrisorias.
Hasta aquí todo parece correcto. El racismo es uno de los más graves problemas de la sociedad actual, la toma de conciencia sobre ello es un deber cívico y hay que erradicar actitudes como las reseñadas. Sin embargo, la alarma cunde cuando uno lee el tipo de medidas que han sido propuestas:
[Se pide a la UEFA y a las federaciones que] que consideren la posibilidad de imponer sanciones deportivas a las Ligas nacionales y los clubes cuyos seguidores o jugadores incurran en insultos racistas graves, incluida la posibilidad de expulsar de sus competiciones a los reincidentes.
Aquí hay un matiz importante que no cabe dejar pasar. Se dice que los clubes deben ser “sancionados por hechos que cometen sus seguidores o sus jugadores”. Desde el punto de vista jurídico, esta manera de razonar plantea no pocos problemas, en el sentido de definir con precisión hasta qué punto los jugadores representan o no al club, y no digamos los seguidores. Recordemos que una de las mayores joyas del Estado de Derecho es que las condenas son siempre individuales, no colectivas. Especialmente si el club como institución o entidad, y como suele ser común, rechaza frontalmente este tipo de actitudes racistas.
Lo cual nos lleva a un segundo supuesto, que el club sea sancionado no porque representantes suyos suscriban estos comportamientos, sino porque los permitan en sus recintos deportivos. Y aquí aparece un problema de índole lógica: un club puede impedir (al menos sobre papel, aunque en la práctica es muy difícil) que los espectadores accedan al campo con objetos peligrosos; puede pedir que cesen insultos por megafonía; puede retirar pancartas. Pero lo que no puede hacer es, en un momento dado, hacer que cesen inmediatamente unos insultos que, en cualquier caso, suelen ser proferidos por una parte muy minoritaria de cada afición. Y es utópico pretender que entre 30.000 personas no se cuele siempre un porcentaje ínfimo –que puede ser muy ruidoso- de indeseables.
Amenazar con cierres, suspensiones o exclusiones de competiciones parece un grave error, máxime cuando son hechos que desgraciadamente ocurren en casi todos los campos. Sería más lógico financiar sistemas sofisticados de vigilancia para identificar a los auténticos racistas, y que el peso de la Ley cayera sobre ellos, y sólo sobre ellos. Una sanción deportiva al club castiga a los auténticos aficionados al fútbol, mientras que deja impune a los auténticos racistas, a muchos de los cuales les da igual el partido y van al estadio como irían a un circo romano. Es a estos a quienes hay que castigar, con veto en el acceso a recintos deportivos, multas, cárcel o lo que haga falta.
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