1934, un Mundial para Mussolini

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En 1934 se disputó el primer Mundial en el continente europeo, y el país elegido en el congreso de la FIFA en Estocolmo fue Italia. A posteriori, se vio que la elección seguramente no fue la correcta, pues el país transalpino estaba gobernado por Mussolini y sus fascios, que como otros dictadores a lo largo de la Historia, pretendieron utilizar la publicidad gratuita de este fastuoso acontecimiento en provecho propio. Nunca en un torneo las decisiones arbitrales fueron tan controvertidas, nunca el resultado final estuvo tan bajo sospecha, nunca un campeón del Mundo debió tanto su condición a un régimen político. Por otro lado, y de forma similar a lo que ocurrió en 1930, no fue un auténtico Mundial, pues sólo participaron tres selecciones americanas (y una africana); en particular Uruguay, campeón vigente, se negó a ir como respuesta al boicot sufrido por los europeos cuatro años antes.

El torneo se disputó por el sistema de Copa a partido único, y a la final llegaron el anfitrión y Checoslovaquia. Los italianos se habían clasificado tras eliminar a dos de los equipos más potentes del Mundial, España y Austria. A los primeros, tras un desempate con un arbitraje tan parcial que el árbitro Mercet fue expulsado de su federación al regresar a Suiza. El wunderteam austriaco, por su parte, era la revelación del torneo y había vencido a Italia poco tiempo antes por cuatro a dos; pero en la semifinal, el durísimo Monti cosió a patadas al líder austriaco Matthias Sindelar, “el Mozart del fútbol”, y los locales acabaron imponiéndose con gol de Guaita. El equipo italiano basaba su poderío en una batería de jugadores argentinos nacionalizados, entre los que destacaban el delantero Raimundo Orsi y los mencionados Enrique Guaita y el perro de presa Luis Monti. A la cabeza de todos, el legendario goleador Giuseppe Meazza.

Checoslovaquia, por su parte, había tenido un camino más plácido a la final, ya que había eliminado a Rumania, Suiza y a una Alemania con una leyenda aún por construir. El conjunto eslavo, cuyos jugadores procedían en su totalidad del Slavia y del Sparta de Praga , practicaba ya el fútbol técnico que ha sido siempre su seña de identidad. El cerebro del equipo era el veterano Svoboda, complementado perfectamente en el medio por Rudolf Krcil. Atrás, el guardameta Frantisek Planicka era un seguro de vida, y arriba destacaban el rapidísimo extremo Puc, Sobotka –fundamental en la semifinal- y Nejedly, un killer del área, y máximo goleador del torneo con 5 goles.

Estos fueron los equipos que se se enfrentaron el 10 de Junio de 1934 en el Estadio Nacional Fascista de Roma, que no se llenó, y con la presencia en el palco del Duce y sus camisas negras. El encuentro fue arbitrado por el sueco Ecklind, que a pesar de ser demasiado condescendiente con la dureza italiana e ignorar un penalty de Monzeglio a Puc, realizó un arbitraje digno, modelo de ecuanimidad en comparación con los que habían recibido los rivales de los anfitriones en las rondas anteriores.

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El primer tiempo, gris y espeso, fue dominado por el equipo local; sin embargo, las tímidas acometidas transalpinas fueron conjuradas siempre por el sensacional Planicka, que además jugó tocado. Los italianos habían comenzado lanzados al ataque, como si les fuese la vida en ello; de hecho, quizá ocurriera así literalmente, pues corre el rumor de que Mussolini les había amenazado con fusilarles en caso de perder. En cualquier caso, la ofensiva inicial fue estéril, pues se llegó al descanso con el marcador inicial.

El segundo tiempo cambió la decoración radicalmente. Los checoslovacos comenzaron a manejar el tempo del partido, mientras que los locales comenzaban a notar en sus piernas los enfrentamientos agónicos que habían vivido, las dos batallas contra España y las lesiones recuperadas a toda velocidad para poder estar en la final. A punto de alcanzarse el ecuador, el extremo Puc engancha un disparo sin ángulo, casi imposible, que Combi no puede atajar y pone en ventaja al equipo eslavo. Enmudece el estadio, que ve cerca la sentencia cuando el cerebro Svoboda, tres minutos después, manda el balón al larguero. Pero la necesidad es muchas veces el más poderoso de los motores, la afición se deja la garganta gritando Forza Italia!, y todo influye para que Orsi, a nueve minutos escasos para el final, regatee a Planicka con calma inaudita y empate el partido. No sería justo tampoco olvidar la contribución del seleccionador Pozzo, que reactivó el juego ofensivo de su equipo al adelantar a Guaita y pasar a Schiavio a la derecha.

La subsiguiente prórroga es un homenaje a la emotividad. Recién comenzado el alargue, la estrella Meazza se lesiona al chocar con el medio Krcil. Como no hay cambios, se le ordena que pase a la zona de ataque, a la espera del famoso “gol del cojo”. Y no lo consigue, pero casi, porque inicia la jugada histórica con un pase a Guaita; el oriundo progresa con el balón controlado hasta que ve a Schiavio desmarcado; le cede la bola, y el ariete lanza un disparo desesperado (según dijo él mismo tiempo más tarde) que se convierte en el gol del triunfo. Es la apoteosis deseada desde el palco, la locura en las gradas y, por qué no decirlo, el alivio en los rostros de los futbolistas.

Poco imaginaba Mussolini que la supuesta gloria que esa victoria había dado al fascismo quedaría para la Historia como un ejemplo vergonzoso de cómo no se deben mezclar política y deporte. Sólo se salvaron de la ignominia los jugadores, que cuatro años después lavaron el nombre de la squadra azzurra. Pero eso ya es otra historia.

ALINEACIONES. Italia: Combi, Monzeglio, Allemandi, Ferraris IV, Monti, Bertolini, Guaita, Meazza, Schiavio, Ferrari y Orsi. Checoslovaquia: Planicka, Zenisek, Ctyroky, Kostalek, Cambal, Krcil, Junek, Svoboda, Sobotka, Nejedly, Puc.

Secciones: Italia, Alemania 2006, Historia de los Mundiales, República Checa

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