1954: Alemania vence a la Hungría inolvidable

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La Copa del Mundo disputada en Suiza en 1954 comparte con la de México 70 el honor de ser considerada la mejor de la Historia. Si es cierto que en el mundial mexicano se vio un fútbol que quizá no ha tenido parangón (especialmente por parte de Brasil), el torneo helvético presenta el hecho incontrovertible de una media de 5,38 tantos por partido. Una abundancia más debida a la calidad de las selecciones que allí participaron que a las tácticas ofensivas de la época, pues nunca ni antes ni después se consiguieron tantísimos goles en promedio. En particular, en uno de los grupos de la primera fase se anotaron 41 tantos en cinco partidos.

Las dos selecciones que llegaron a la gran final, Hungría y Alemania (que, por cierto, se hallaban encuadradas en el grupo que acabamos de mencionar) eran, además de los dos mejores equipos de la competición, conjuntos que han alcanzado la categoría de mito, cada uno de ellos por motivos bien diferentes.

El conjunto magiar, por ejemplo, es recordado simplemente por su excelencia. De hecho, en las votaciones que se suelen realizar entre los aficionados veteranos sobre cuál ha sido el mejor equipo de la Historia, suelen aparecer tres nombres reiteradamente: Brasil del 70, el Madrid de Di Stéfano… y la selección húngara del 54. En este conjunto excepcional, los magiares mágicos, se juntaron varias circunstancias que produjeron la maravilla. En primer lugar, por supuesto, el liderazgo del mejor Ferenc Puskas. El único jugador de la historia del fútbol con dos carreras, el más potente y decisivo disparo con la zurda jamás visto (Puskas significa escopeta, su apellido real es Purczfeld), y del que dicen los estudiosos que el único motivo por el que no se le incluye en la lista de los Cuatro Grandes es la escasez de imágenes que existen del fútbol exquisito que practicó en su apogeo. Uno puede consolarse mirando sus cuatro goles en la final de la Copa de Europa de 1960 (récord imbatido) que logró con treinta y tres años y una barriga bien visible.

Sin embargo, lo arrollador de Hungría es que no era sólo Puskas. En el 4-2-4 que se inventó el arquitecto del medio terreno Nándor Hidegkuti (el cuadrado mágico), cabían el medio centro Bozsik, un manual del pase; Sándor Cabeza de Oro Kocsis, considerado el mejor cabeceador de la Historia, y a la postre Pichichi del Mundial con ocho goles; o el fantástico extremo Czibor, que como el anterior, desarrolló lo mejor de su carrera en el Barça. Este equipo había triunfado en Wembley, donde con 3-6 habían sido los primeros en derrotar a los inventores del fútbol en su terreno; había firmado una racha de 32 partidos invicto, récord que aún permanece, había goleado en la fase previa al otro finalista por 8-3, en ningún partido había bajado de cuatro goles, y había eliminado tanto al gran Brasil (en un encuentro conocido como “la batalla de Berna” por su extrema violencia) como al anterior campeón, Uruguay. Era lógico que se sintieran invencibles cuando, zamarra roja, comparecieron al césped del estadio Wankdorf.

Enfrente tenían un equipo teutón que, en cierto modo, simbolizaba a su nación más que ningún otro. Llegaron a Suiza tras haber sido excluidos de la Copa anterior por los hechos de la Segunda Guerra Mundial, el clima en el país era de reconstrucción, y la identificación de los germanos con la Mannschaft era total. El eje del equipo era Fritz Walter, centrocampista total, de quien corría la leyenda de que su maestría futbolística le había salvado la vida en un campo de concentración ruso; se le considera integrante de la triada de oro del fútbol germano, junto con Müller y Beckenbauer. Junto a él, el esqueleto del equipo lo constituían su hermano Ottmar, pulmón en el medio, con el fino Posipal por detrás y los poderosos delanteros Rahn y Morlock en la vanguardia. El equipo seguía utilizando la vieja WM, y el diminuto seleccionador Herberger lograba extraer el máximo de sus pupilos mediante el arte de la motivación, del que era maestro. Habían eliminado en cuartos a Yugoslavia, con bastante mal juego, y barrido a Austria en semifinales con gran exhibición de Fritz Walter.

Cuando el árbitro inglés Ling da el pitido inicial, nadie en el estadio duda de la victoria magiar. Y el pronóstico parece cumplirse cuando a los seis minutos Bozsik cede a Kocsis dentro del área, que le pega duro; el balón rebota en un defensa y cae mansamente a los pies de Puskas, que sólo tiene que cruzarla al otro palo. Dos minutos después, un lamentable blocaje del arquero alemán Turek cae a los pies de Czibor, que sin oposición clava el 2-0. El fantasma del 8-3 de la primera fase pasa por la cabeza de los teutones.

Sin embargo, no es precisamente Alemania una selección que se arredre con facilidad. Poco rato después del segundo gol húngaro, el extremo Schaffer llega al pico izquierdo del área, cruza el balón raso, Buzansky mide mal y Max Morlock, lanzándose al suelo con las piernas por delante, acorta distancias. Hungría juega mejor, pero unas veces los postes (hasta tres disparos magiares besaron madera), otras los zagueros en la línea de gol y otras el arquero Turek, excepcional toda la noche, consiguen que el marcador no se mueva. Y cuando se roza el descanso, Fritz Walter saca un córner desde la izquierda que Rahn empala y convierte en el empate. No parece justo, pero así es el fútbol.

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Cuando comienza el segundo tiempo, se comienzan a ver notar dos condicionantes cuyo peso en el resultado final acabará siendo decisivo. Por una parte, la fina lluvia que ha estado cayendo durante todo el encuentro ha vuelto pesado el césped del Wankdorf, lo cual dificulta cada vez más el juego preciso y de toque de los húngaros, mientras que favorece el despliegue físico que, hoy más que nunca, es característica del juego alemán. Por otro lado, Puskas cojea ostensiblemente y aún no se han inventado los cambios. El genial delantero, que no había jugado ni los cuartos ni la semifinal por una lesión que le causó el zaguero teutón Liebrich, fue infiltrado por orden del seleccionador Szebes; grave error que quizá costó a Hungría el campeonato.

El segundo tiempo es más equilibrado que el primero; los marcajes mixtos de Herberger empiezan a hacer mella en los futbolistas húngaros, Ottmar Walter seca a Bozsik y su hermano Fritz dirige con acierto la última ofensiva alemana. Faltando ocho minutos, Schaffer roba el balón al exhausto cerebro húngaro, se lo cede a Fritz Walter, quien a su vez de lo envía a Helmut Rahn; el ariete pisa área en perpendicular, evita a su par quebrando hacia la izquierda, y con la zurda envía un disparo raso que es el 3-2. Sin solución de continuidad, Puskas consigue el empate… que es anulado justamente por fuera de juego. Unos minutos después, ante la estupefacción del público suizo (que había celebrado largamente las maravillas húngaras durante todo el campeonato) Ling decreta el final; Alemania es el nuevo campeón, y ha inaugurado una serie gloriosa de victorias y, lo que es más importante, un estilo. Sin embargo, quedará siempre para el recuerdo el irrepetible combinado magiar, destruido poco después por la emigración de sus figuras.

ALINEACIONES: Alemania Federal: Turek, Posipal, Liebrich, Kohlmeyer, Eckel, Mai, Rahn, Morlock, O. Walter, F. Walter y Schafer. Hungría: Grosics, Buzansky, Lorant, Lantos, Bozsik, Zakarias, Czibor, Kocsis, Hidegkuti, Puskas y Toth.

Secciones: Alemania 2006, Alemania, Historia de los Mundiales

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