Fútbol: unión en el enfrentamiento.

Cada cuatro años, a medida que se acerca el Mundial de Fútbol comienzan a aparecer en todo tipo de publicaciones toda suerte de explicaciones del fenómeno global que hoy, a principios del siglo XXI, supone el fútbol. La mayoría de ellas señalan que el fútbol es un enfrentamiento simbólico. De la mano de la categoría que acuñó en “El fútbol a sol y sombra” el genial Eduardo Galeano, se habla del fútbol como una guerra danzada. Como pruebas más o menos fiables de esto, se nos recuerda de nuevo la parafernalia que rodea a los hinchas de este deporte, con fotos de hoooligans, y se nos listan otra vez las palabras de corte belicista que habitan en las crónicas deportivas: disparó a gol, este partido es una batalla, la vanguardia, la retaguardia… La lectura del fenómeno futbolístico como una sustitución moderna de la guerra (que permite la cohesión interna del estado, que desplaza rivalidades históricas al terreno de lo simbólico, etcétera) tiene grandes seguidores y hemos de decir que no le falta un punto de razón. Sin embargo, pocos son los analistas que se han quedado con la otra segunda parte de la categoría que Eduardo Galeano ofrecía, la de que el fútbol es una danza, esto es, un rito. Centrarse sin más en la parte del fútbol que es enfrentamiento es ver solo una de las caras de la moneda. Porque si la guerra separa, el rito hace lo contrario. El rito es un modo de cohesión de la comunidad, y un modo de celebración de la misma. Es decir, el rito une.

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El fútbol, pues, puede ser entendido como una enorme paradoja, al tratarse precisamente de una unión en el enfrentamiento. Que es un enfrentamiento parece una perogrullada. Pero, ¿en qué sentido el fútbol es una unión? Desde nuestro punto de vista, el jugar con “el otro” supone reconocerlo como igual a nosotros. Para ilustrar esto, citaremos un trágico ejemplo que nos da el escritor italiano que fuera recluido en Auschwitz Primo Levi. Levi cuenta que médico húgaro Miklos Nyiszli asisitió a un hecho insólito: varios miembros de las SS jugando un partido de futbol con una serie de prisioneros judíos, cuando lo habitual era que los nazis no tuvieran contacto humano ninguno con los mismos. La explicación: los judíos que formaban el once que disputaba aquel partido eran miembros de los llamados Sonderkommandos, es decir, los encargados de limpiar de cadáveres las cámaras de gas, de transportar los cientos de muertos que producían semanalmente las cámaras de gas a los hornos crematorios, de limpiar las huellas de la barbarie. Es decir, aquellos hombres que formaban los Sonderkommandos, eran cómplices (utilizamos esta palabra sin ningún cargo de acusación hacia ellos) de lo que allí se estaba cometiendo. Así lo entendían los SS y por ello se permitían jugar a fútbol con ellos, los reconocían como iguales, como iguales en la ignominia.

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Otros ejemplos que prueban lo mismo inversamente, son el fútbol en Sudáfrica en la época del aparheid o la exclusión de Yugoslavia de la Eurocopa de 1992 disputada en Suecia. En el primero de los casos, la política del apartheid no permitía a las personas negras jugar en equipos de fútbol con (o contra) blancos, ya que eso era lo mismo que considerarlos como iguales. En el segundo de los casos fueron las autoridades políticas las que excluyeron a Yugoslavia por las atrocidades que en su nombre se estaban cometiendo.
En el caso de los clubes de fútbol sucede lo mismo. Los grandes rivales se necesitan para su mutua supervivencia. ¿Qué sería del Barcelona sin el Madrid o del Madrid sin el Barcelona? ¿Y del Athletic sin la Real Sociedad? ¿No sería mucho menos Betis un Betis sin Sevilla? Claro está, que tampoco hay que reconocer nunca demasiado aprecio al rival… El fútbol pues, es un fenómeno en el que actúan dos fuerzas. Una que centífuga que separa, que intenta sitúar a los rivales en polos opuestos; y otra centrípeta que une, que mantiene a los dos rivales unidos. De esa tensión surge uno de los fenómenos sociales más extraños, curiosos y (por qué no decirlo) más mágicos de la final de siglo. Un fenómeno que une sólo en la medida que enfrenta. Una paradoja.

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