1966: Inglaterra vence con polémica

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Al Mundial que se disputó en Inglaterra en 1966 se le suele recordar por dos hechos no demasiado agradables: el triunfo de la dureza y el fútbol defensivo, y las polémicas decisiones arbitrales que condicionaron el torneo, especialmente la gran final. Sin embargo y afortunadamente, sí que puede decirse que probablemente el campeón fue el mejor equipo de la competición.

Aquel 30 de junio se dirimió la primera edición de un enfrentamiento que luego pasaría a ser clásico en la Historia del fútbol. Inglaterra y Alemania se presentaban en Wembley con dos magníficos equipos construidos desde presupuestos muy similares: defensa férrea, un gran arquitecto en el medio campo, juego rápido y directo y puntas veloces con gran capacidad para el remate. En cierto sentido, la antítesis del juego técnico, pausado y de toque que había hecho campeón a Brasil dos veces consecutivas, y la profecía de que el futuro del fútbol debería aunar las dos tendencias. En el Mundial inglés, el típico juego sudamericano fue barrido por las nuevas tácticas defensivas, bautizadas acertadamente como “fútbol fuerza”.

La selección anfitriona que comparecía en la Catedral del fútbol era, seguramente, la más potente de la que jamás han disfrutado los aficionados de las Islas. Se apoyaba atrás en un baluarte como el Chino Banks, un prodigio de agilidad y reflejos. La defensa de cuatro la componían los laterales Wilson y Cohen, sobrios y sólidos, con el legendario Bobby Moore y la Jirafa Jackie Charlton en el centro. El primero está considerado el mejor defensa que jamás vistió la camiseta de los pross, con excepcional visión de juego y sentido de la colocación, mientras que el mayor de los Charlton era una torre inexpugnable en el juego aéreo. Si a esta línea de defensa le sumamos al durísimo y poderoso Nobby Stiles como medio centro defensivo, obtendremos por qué en todo el campeonato el anfitrión sólo había recibido un gol, y de penalty.

En el medio de la cancha mandaba Bobby Charlton, una mezcla de talento latino y poderío anglosajón, cuyo nombre aparece con frecuencia en las listas de los diez mejores jugadores de todos los tiempos. A su lado, como falsos interiores, se desenvolvían Alan Ball y Martin Peters, más llegadores que extremos, lo cual causó que a la selección se la denominara “las maravillas sin alas”. Y arriba, al eficaz Roger Hunt se le unió durante la Copa del Mundo el joven Geoffrey Hurst, un delantero centro de libro en quien confió el técnico Ramsey, en detrimento del exquisito y frío Johnny Greaves. Suyo fue el gol que tumbó en cuartos de final a la selección argentina, en una batalla campal recordada por la famosa agresión de Rattin y un nefasto arbitraje del germano Kreitlein. En semifinales, dos goles de Bobby Charlton remataban a la mejor Portugal que se recuerda. El equipo luso lucía la columna vertebral del Benfica que había llegado a cuatro finales de la copa de Europa en cinco años, lo comandaba Eusebio, Pichichi del Mundial con nueve goles. y había eliminado a Corea del Norte en cuartos (¡¡¡verdugos de Italia!!!) en uno de los partidos más increíbles de la Historia de los Mundiales, remontando un 3-0 hasta ganar 5-3. Sin embargo, en su peor partido los ingleses los enviaron a casa.

Los alemanes, por su parte, se presentaban con la mejor versión de la Mannschaft desde el mundial de 1954. Al fiable arquero Hans Tilkowski protegía una línea defensiva que comandaba el formidable central Schnellinger. Por delante, el jovencísimo Beckenbauer ya era el alma del equipo, en ese puesto de líbero que haría famoso al Kaiser; junto a él, un eficaz destructor de juego como Wolfgang Overath y un émbolo con gol como Helmut Haller. En los extremos, los centros envenenados de Sigi Held, por un lado, el cañonazo letal “Linke Klege” de Emmerich por el otro; y en punta de ataque, el pequeño gran Uwe Seeler, el hombre con un pie más grande que otro, un acróbata capaz de hacer gol casi desde cualquier posición. Alemania Federal, verdugo de España en la primera fase, había liquidado a Uruguay en cuartos tras un partido bronco y sucio, donde dos futbolistas charrúas fueron expulsados. El hecho de que el encuentro fuera arbitrado por el inglés Finney y la coincidencia en escándalos con el cuarto de final de Inglaterra hizo que se hablara de conjura de Europa contra América, y fue el detonante de que en el siguiente torneo se introdujeran las tarjetas, gran acierto. En semifinales Alemania batió cómodamente a una URSS que también acabó con nueve y que jugó en inferioridad todo el partido por la lesión de Sabo. Marcaron Haller y Beckenbauer, y Chislenko para los soviéticos.

cartel.1966.jpg Así están las cosas cuando el colegiado suizo Dienst da el pistoletazo de salida para la gran final. Se observa nada más comenzar que Beckenbauer marca al hombre a Bobby Charlton, estrella del rival; esta labor de destrucción, correctamente ejecutada por el Kaiser, afectará a toda la creación del juego teutón, y será considerada después un grave error del técnico Schoen.

Cuando aún no ha pasado prácticamente nada, salta la sorpresa: balón que bombea Held, nadie despeja en la zaga inglesa y Haller aprovecha la coyuntura para lanzar un disparo raso al que Banks no llega. Pero Inglaterra reacciona con decisión, y pocos minutos después, una falta botada por Bobby Moore es cabeceada a la red por el joven Hurst. Empate y vuelta a empezar.

La primera parte es de juego intenso y duro, sin demasiadas oportunidades de gol. Inglaterra da más impresión de poderío, pues Stiles va imponiéndose poco a poco a Overath, incapaz de gobernar el juego, y Charlton surte de balones a centrocampistas y laterales, quienes se van incorporando al ataque amaparados en la seguridad del trío Banks-Moore-Jackie Charlton. Sin embargo, la mejor ocasión es para Alemania: un potente disparo de Emmerich al borde del tiempo que despeja Banks es estirada milagrosa. Otros disparos lejanos de Charlton, Peters y Seeler no corrieron mejor suerte, ni tampoco una doble oportunidad de Overath y Emmerich, también salvada por el Chino.

El segundo tiempo está presidido por el miedo a los errores, y no ocurre prácticamente nada reseñable en la primera media hora de juego, mientras los jugadores conservan intactas sus fuerzas y se mantiene el rigor táctico. Sólo un disparo de Charlton y la sensación de que Alemania está ganando el partido a los puntos, sostenida por Schnellinger y Seeler. Sin embargo, Inglaterra vuelve a desequilibrar a balón parado, en un saque de esquina que prolonga Hurst y fusila Peters. Parece el fin, Alemania ataca agónicamente y el público canta “Rule Britannia” celebrando por anticipado. Pero nunca se puede dar por muertos a los alemanes, porque siempre tienen una última bala en el revólver, y siempre la disparan igual: en esta final es una falta que bota Emmerich, el balón llega a las inmediaciones del arco tras un rebote, y por allí anda el defensa Weber para empujarla y empatar el partido. Aún queda final.

La prórroga se presenta igualada; a la carga de moral que supone para los alemanes haber empatado in extremis se contrapone su peor condición física, lastrada por el esfuerzo final, y que se adivina en los rostros de los jugadores, tendidos en el césped. Cuando comienza la prolongación Inglaterra ataca, y a los diez minutos llega el gol fantasma más famoso de la Historia: Hurst recibe en el área, se vuelve como una centella y chuta fuerte y elevado; el balón supera Tilkowski, bota en el piso y sale disparado.¿Ha entrado? El helvético Dienst consulta su línea, Bakhranov, y ambos de acuerdo conceden el tanto; la polémica ha durado hasta nuestros días, pero hoy, con estudios modernos de las imágenes en la mano, podermos asegurar casi con toda seguridad que la bola no traspasó completamente la línea.

El segundo tiempo del añadido es de ida y vuelta, con los teutones lanzados, y a merced de los contragolpes británicos. En uno de ellos, Hurst lanza un fenomenal zambombazo que se convierte en el 4-2 y cierra la final, en el mismo momento en que al otro lado del campo se produce una invasión de espectadores y policías; el gol es validado, y aunque con el reglamento en la mano no debería haber subido al marcador, es cierto que los espectadores no influyeron en nada en la jugada. Hurst, que de esta manera había completado el primero y hasta el momento único hatrick en una final, comentó más tarde que su propósito con el último disparo había sido alejar el balón lo más posible.

La Copa del Mundo volvía a Europa tras doce años, y continuaba la maldición de que el primero en marcar perdía la final (¡había ocurrido desde 1938!9. Haría faltala la mejor versión de Brasil, cuatro años después, para romper el maleficio.

Secciones: Alemania 2006, Alemania, Inglaterra, Historia de los Mundiales

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