Zaragoza-Arsenal. Final Recopa 1995
Un balón que botaba feliz en la hierba, cerca de donde se cruzaban dos líneas de cal, recibió de pronto un impacto brutal que lo elevó a las alturas inéditas del cielo de París. Cuando frenó el impulso y la gravedad comenzó a hacer su trabajo, un hombre solo que defendía un marco unos metros más adelante de lo que hubiera deseado contempló aterrado como descendía el proyectil que hacía real la más inimaginable de sus pesadillas. En el mismo momento, los millones de españoles que seguían el mágico vuelo que había tomado el zapatazo de Nayim iban pasando del escepticismo a la incredulidad y de ésta al deseo, para concluir en un paroxismo de alegría que aún hoy no puede recordarse sin emoción. Mohamed Ali Hamar había marcado el gol más impensable y sobrecogedor, por calidad, belleza, dificultad y oportunidad, que jamás se haya visto en una final europea. Hace exactamente once años, el 10 de Mayo de 1995.
Era el minuto 120 de una final disputada, por tanto, hasta el último aliento, contra un gran Arsenal, que defendía el título. No era el primer equipo inglés que se encontraba el Zaragoza en aquella mítica Recopa, en tiempos en que, fuera de la Copa de la UEFA, era muy difícil repetir país en competición europea: antes el Chelsea, campeón de la Cup, había caído en una vibrante eliminatoria merced a un salvador gol de Aragón en Stanford Bridge. Bueno, y también al espectacular 3-0 del partido de ida.
Y es que aquel Zaragoza, al que Víctor Fernández había convertido en uno de los equipos más vistosos de Europa, no era cualquier cosa. Disfrutaba de dos centrales segurísimos como Aguado y Cáceres; el exquisito medio centro Santi Aragón como distribuidor del juego, a quien acompañaba Gustavo Poyet, uno de los más grandes llegadores de los últimos veinte años; y arriba, dos killers en el momento más dulce de su carrera, Paquete Higuera y Juan Eduardo Esnáider. Como diría Luis Aragonés, un pasillo de seguridad para ir tranquilo a cualquier sitio. Junto a ellos, buenos jugadores de complemento como Belsué, Solana o Pardeza, terminaban de construir un equipo que hizo bandera del toque, el pase y, en resumen, el jogo bonito.
El Arsenal era muy diferente en concepto y juego al que en una semana se disputará con el Barcelona el trono continental. Un conjunto aguerrido, duro, basado en la defensa mítica que muchos buenos aficionados saben de memoria: Winterburn-Adams-Keown-Dixon, con un joven Seaman por detrás, la clase de Merson y el trabajo a destajo de Ray Parlour por delante, y arriba el incombustible Ian Wright, el gran mito gunner hasta la llegada de Henry. Un equipo sin gran nivel técnico, pero competitivo como pocos. Y lo demostraron en la final.
El encuentro comenzó con dominio del Arsenal, más acostumbrado que el Zaragoza a partidos de este nivel. En la primera parte, los jugadores maños dieron impresión de agarrotamiento, como lastrados por la importancia del choque, mientras que los británicos practicaban sin dificultad su juego físico y vigoroso; a ratos, una lluvia de pelotazos se descargaba en el área de Cedrún, muy seguro por alto, así como sus centrales. Sin embargo, como suele suceder en las finales, el juego era embarullado, sin mucha claridad, y con escasas ocasiones de gol. Así, no es extraño que se llegara con el resultado inicial al descanso.
En el segundo periodo cambió la decoración radicalmente. El Zaragoza, apoyado en un gran Aragón, comenzó a rasear el balón y a utilizar las bandas, a la vez que Pardeza caracoleaba sin cesar por las inmediaciones del área y Esnáider empezaba a ganarle cada vez más balones a Tony Adams. El gol se veía venir; pudo llegar en una gran oportunidad de Higuera mediado el segundo tiempo, pero se hizo esperar hasta el minuto 68, en una volea seca de Esnáider que batió a Seaman sin remisión, y que el argentino celebró con ojos de demente.
En ese momento, sacó el Arsenal la casta del campeón, y se fue arriba con decisión y poderío. Por momentos, el miedo a ganar atenazó a los jugadores maños, intimidados por la ofensiva de los cañoneros. A pocos minutos del final, la fe de los londinenses obtenía su fruto en una jugada clásica: balón a la banda diestra, pase de la muerte y remate inapelable de Hartson. Empate y vuelta a empezar. La prórroga, con los jugadores rotos por el esfuerzo, no se resolvía en ningún sentido, y todo el mundo templaba ya los ánimos para la ruleta rusa de los penaltis cuando apareció Nayim. Para convertir una simple final en un mito.
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