El Sevilla se regala la noche de su vida

luisfabiano.jpgEl fútbol acostumbra a conducirnos por caminos tortuosos, más aún en las finales. Para invertir el sino de un partido, o de un torneo, no es necesaria siquiera una jugada. Basta un mal bote del balón, un resbalón o un derechazo repentino. Y cosas más raras que se han visto.

Sólo un accidente semejante podía haber apartado al Sevilla de la Copa de la UEFA. El equipo de Juande Ramos fue tan superior al Middlesbrough como determinó el resultado final (4-0). Lo fue desde el pitido inicial, durante toda la primera parte y durante toda la segunda, aunque a falta de 13 minutos el marcador reflejara un 1-0 que aún otorgaba esperanzas al equipo inglés, que jamás estuvo en el partido.

Desde el primer balón, el Sevilla se desenvolvió con extraordinaria soltura en su papel de favorito. Se apoderó del balón y convirtió al Middlesbrough en una mera comparsa. El equipo andaluz fue una sinfonía, con un trabajo impecable en defensa, en la distribución y en las bandas. Javi Navarro y Escudé sujetaban al equipo con toda solvencia; Maresca y Martí gobernaban la zona ancha y, por izquierda y derecha, Adriano y Alves volvían locos a sus marcadores. A los 26 minutos, un centro perfecto de éste encontró un remate perfecto en la cabeza de Luis Fabiano. Un gol tan sencillo como inapelable.

En la segunda parte no se alteró el guión. Entró Kanouté por Saviola, quizá el sevillista que menos aportó al conjunto, y poco más. Tan sólo en dos jugadas tuvo opciones el Boro de alzar la voz y recordar que no había viajado a Eindhoven para ver como le entregaban la copa a su rival. Ambas oportunidades tuvieron como protagonista al australiano Viduka. Una fue un disparo desde la frontal que se marchó fuera por poco. La otra, anterior, un disparo que Palop, enorme, sacó a bocajarro. Era su primera intervención del partido, y la última. No pudo hacerlo mejor.

A falta de un cuarto de hora, apareció Jesús Navas. El extremo sevillista, que estaba yendo de menos a más, se escapó y sirvió para que Kanouté marcara el segundo. No embocó el africano, pero sí Maresca en el rechace. Con el 2-0, la final no podía escapar del territorio de la lógica, y el propio Maresca fue el encargado de ratificarlo sólo seis minutos más tarde. El cuarto gol, obra de Kanouté en plena borrachera, en pleno derrumbe inglés, le dio al marcador proporciones escandalosas. No puede calificarse de otra forma la diferencia entre ambos equipos. El Sevilla ganó a lo grande, como merecía una espera tan larga (58 años desde su último título) y como “exigía” su centenario. Al fin y al cabo, se estaba regalando la noche de su vida.

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