Por qué voy con quien voy

Una de las cosas que hacen del fútbol un espectáculo fantástico es que no se somete a cuestiones lógicas. No sólo en el terreno de juego (en el que la pelota lucha por librarse de las normas a la que le intentan someter los pies de los jugadores), sino también a lo que se refiere a los hinchas. Sus sentimientos, sus anhelos y miedos, no se pueden medir con cuadrículas. No responden a normas fijas. Tampoco en lo que se refiere a sus preferencias, con qué equipos van.
Equipos, en plural, porque a un Mundial no se va sólo con un equipo. Casi todos quieren que ganen su país, obviamente, pero un Mundial se desarrolla en muchos frentes y junto al equipo de uno, en el corazón del hincha hay sitio para varios más. Quién ocupará ese hueco es una pregunta que no se puede responder ateniéndonos a lógica ninguna. Como sucede con el amor, depende en tal medida de detalles pequeños, insignificantes, que sólo los ojos del enamorado (del hincha, en nuestro caso) son capaces de rastrear los orígenes de sus simpatías. Éstas, por otro lado, al ser comunicadas, habladas a otros, no parecen sino bagatelas, tonterías. Pero, también como el amor, el sentimiento del hincha, sus preferencias, se construyen a partir de pequeñas cosas. Ahí radica su grandeza.
Albert Camus, por ejemplo, confesaba, como si se tratara de un secreto, sus simpatías por el Racing Club de París, “al que convertí en mi favorito solo porque usan las mismas camisas que el R.U.A. (equipo argelino con el que Camus jugaba de niño), azul con rayas blancas”. Y con esa sola frase recoge toda la grandeza, la pequeña grandeza, del sentimiento de un hincha.
En mi caso, recuerdo que durante años, hasta que se retiró, mi jugador favorito fue Miguel Sola, un centrocampista con una clase enorme, que jugó en el Athletic campeón de liga de principios de los ochenta, y posteriormente en Osasuna. Lo fue porque una noche, viendo en televisión con mi padre los goles de la jornada, dieron uno que Sola metió de falta directa por toda la escuadra. Entonces, mi padre, a quién no le gustaba de todas maneras el fútbol, exclamó: “Este Sola es el puto amo”. Al día siguiente, en la escuela, mis compañeros de clase hablaban del partido del día anterior. Algunos decían que Sarabia era el mejor, otros que Argote. Algunos hablaban de Goikoetxea o de Dani. Entonces intervine yo: “El mejor es Sola. Es el puto amo”. Y mantuve mi decisión durante años.
Entonces era un niño, pero hoy las razones que consigo entrever que cimientan mis simpatías hacia uno u otro equipo, hacia uno u otro jugador, no son más lógicas. Al contrario, responden a la misma estructura. La afinidad que siento hacia ciertas selecciones presentes en este mundial también ha nacido de pequeñas tonterías. Algunos al leerme, exclamaréis ¡pues vaya una bobada!, pero otros os sentiréis identificados, porque también vuestros sentimientos hacia ciertos equipos o selecciones no responden más que a este tipo de cuestiones. Algunos de vosotros seréis hinchas de Rumania, solo por su bello nombre, que parece poesía, “¡Rumania!”; otros estaréis con Estados Unidos porque casi todo el mundo quiere que pierda, y a vosotros os gusta nadar contracorriente; otros iréis con Togo porque el desconocimiento seduce, y es de las pocas selecciones de las que el mundo del fútbol no conoce casi nada.

Yo me confesaré: me gusta Ghana. ¡Me encanta Ghana!. ¿Por qué? Pues porque Ghana, más que cualquier otro país, simboliza el sueño de todo el continente africano. Ghana fue el primer país de África que consiguió revolverse contra el colonialismo, en 1957, y durante sus primeros años de independencia, con Kwame Nkrumah y su panafricanismo al frente, fue todo un símbolo de libertad. Me gusta Ghana porque ghaneses son algunos de mis futbolistas favoritos, como Abedi Pele, Tony Yeboah, Nii Lamptey o Sammy Kuffour. Me gusta Ghana porque llevo años, desde que se llevaran la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de 1992, diciendo a mis amigos que es una gran selección, y con sus derrotas, los ghanses llevan años empeñados en llevarme la contraria. Me gusta Ghana porque me llevé, de verdad, un disgusto en la Copa de África de 2000 cuando no consiguieron siquiera clasificarse, me gusta porque hace no mucho que tocaron fondo… Pero sobre todo, me gusta Ghana porque probablemente perderá.
Podría extenderme y hacer este artículo demasiado largo. ¡Me gustan tantas selecciones!. Me gusta Irán. Me gusta porque allí está Persépolis, de donde era el gran Jerjes, quien lloró al ver a todo su ejército formando ante él, pues en cien años todos habrían muerto. Me gusta Irán porque iraní era Mohamed Mossadegh, hombre de bien que murió llorando por el destino de su pueblo. Me gusta Irán también porque sus jugadores rezan todos los días, y porque esto le parece mal a la prensa deportiva, que prefiere el ejemplo de los jugadores que sólo rezan al euro, al dólar. Me gusta Irán porque he apostado públicamente por ellos, mientras otros me llevan la contraria.
Me gusta también Polonia. Me gusta porque polacos son muchos de mis escritores favoritos (sobre todo Ryszard Kapuscinski, pero también Adam Zagajevski, Jerzy Andrzejewski, Stansislav Lem), y porque polaco era Grzegorz Lato (magnífico jugador, calvo como yo). Me gusta Polonia porque tiene una historia trágica, porque siempre pierde. Me gusta, y sé que el día que se enfrenten a Alemania, yo me sentiré uno de ellos.
Me gusta Angola, pero del porqué de esto os hablaré en otro post. Me gusta Ecuador con su “sí, se puede”, y porque tengo un amigo ecuatoriano al que debo una llamada desde hace tiempo. Me gusta Trinidad y Tobago, porque allí juega Russell Latapy. Me gusta Ucrania, porque Urania es tierra de lucha contra el estalinismo. Me gusta Túnez porque es un país que conozco, mediterráneo, abierto, donde todo el mundo te habla de fútbol. Me gustan también Francia e Inglaterra, porque aquí siempre se ha querido que pierdan. Me gusta Croacia, porque lleva la camiseta a cuadros.
Me gustan tantos equipos por razones tan nimias que exponiéndolas podría llegar a aburrir (si no lo he hecho ya). Pero para terminar, os quiero contar un sueño. Sueño con la República Democrática del Congo clasificada para un mundial. Sueño en un partido contra Brasil, Alemania, Argentina, Francia, incluso España. Da igual. Sueño que un jugador congoleño, recoge el balón en el último minuto y driblando a unos y otros, marca un auténtico golazo que da al Congo la victoria en el último minuto. Entonces, el jugador se levanta la camiseta y lleva una dedicatoria. ¿A su hijo? No. ¿A su mujer? No. ¿A Dios? Tampoco. El gol está dedicado a Patrice Lumumba.
Ese día, yo sería feliz.
Secciones: Selecciones, Alemania 2006, Alemania 2006
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