Medir el tiempo

Si alguien me pregunta dónde estaba la tarde del 17 de Junio de 1994, mi respuesta inmediata será que no lo sé. ¿Cómo voy a saber lo que estaba haciendo hace doce años? Si me dicen, no obstante, que aquella tarde se inauguró el Mundial 94, entonces no necesitaré mucho tiempo para evocar dónde estaba, qué hacía, qué pensaba. El hecho de que la inauguración de un Mundial sea un acontecimiento relevante (relevante para los futboleros, obviamente) y cíclico, hace que nos sirva como referente a la hora de medir en qué medida hemos cambiado, en qué ha cambiado de Mundial a Mundial nuestras vidas, nuestras ideas, anhelos o terrores. Cuatro años es poco tiempo, y a la vez suficiente para que lo que es uno cambie completamente.
Si bien el primer mundial del que mantengo recuerdos es el de 1982, no consigo recordar la inauguración de éste. Sé del espectáculo del niño que abre el balón y sale volando una paloma blanca, pero por haberlo visto después por televisión. Tampoco recuerdo la inauguración de México 86, aunque sí, por ejemplo, que el decisivo España Bélgica lo vi en casa de mi mejor amigo.
De 1990, sí mantengo un vivo recuerdo. Entonces yo era un estudiante de BUP que sufría lo indecible para intentar pasar de curso. Recuerdo que la tarde que comenzaba Italia 90, yo me encontraba en casa de mis abuelos, estudiando para el examen de latín que tenía al día siguiente. Recuerdo que puse la tele saltándome la norma que, durante todos los días anteriores, me había empeñado en cumplir: estudiar. Entre declinación y declinación, las oportunidades de Argentina se sucedían, sin fruto. Para cuando marcó Omam-Biyick, el libro de latín ya estaba sólo en una esquina de la mesa, abandonado por mis pensamientos, que en esos momentos sólo se ocupaban de la increíble victoria de los entonces desconocidos cameruneses.
Por cierto, el examen de latín lo suspendí.
En 1994 las cosas habían cambiado un poco. Seguía suspendiendo, sí, pero ahora la soga de los estudios cada vez estaba más apretada. Uno se tenía que plantear ya en serio qué quería hacer en la vida, y creo que no estaba preparado para esa pregunta. Recuerdo aquel año como de cierta tensión, de cambio. Curiosamente, la noche que comenzó EEUU 94 también estaba marcada por un examen al día siguiente y, no me vais a creer, de nuevo de latín. Vi el partido en casa, con mi padre y mis hermanos, y todos quedamos prendados de la Bolivia de Azkargorta, a pesar de la derrota.
Por cierto, volví a suspender.
El partido inaugural de Francia 98 lo tuve que ver en un bar. En los últimos años había pasado de ser un mal estudiante a enfrentarme a la historia de la filosofía (por cierto, una de las pocas carreras universitarias que tenía el latín como asignatura obligatoria. También estaba de exámenes (¿por qué los exámenes coinciden siempre con las inauguraciones de los Mundiales?), pero ya los enfrentaba de otra manera. Sin miedos. La tarde que se abría el Mundial había quedado que recogía a mi novia, que entonces estudiaba Bellas Artes, en la parada en la que su autobús le dejaba. Recuerdo que desde el bar miraba de reojo a la parada, comprobando si ella había llegado ya. Brasil, que se enfrentaba a Escocia, a la que venció sin pena ni gloria. En el bar entablé conversación con unos desconocidos sobre si Brasil ganaría el Mundial o no. No había duda: lo ganaría.
No vi terminar el encuentro, ya que llegó mi novia, pero el partidazo que esa misma noche nos dedicaron Marruecos (aquella magnífica selección de Marruecos con Hadji a la cabeza) y Noruega sirvió para compensar la pérdida.
Corea/Japón 2002 me cogió trabajando. El haber estudiado filosofía, por aquella vocación que me quemaba el alma en 1998, me dejó sin demasiado margen en el mercado laboral. Trabajaba en una empresa de decoración de interiores, sin saber muy bien, la verdad, de qué. El partido inaugural era, creo recordar, a las doce hora del mediodía, y yo salía de trabajar a las dos. Desperté aquella mañana con una difícil tesitura. Las opciones eran: quedarme en el trabajo y no rendir; pedir permiso para ver el partido; o marcharme con una excusa, arriesgándome a ser pillado. A medida que avanzaba la mañana la decisión se acercaba, y no sabía qué hacer.
Puse una excusa, y me fui.
Vi el partido en casa de mi madre, junto a mis hermanos y unos amigos. Cantamos el gol de Senegal y bailamos en el salón al ritmo de Bouba Diop, Henri Camara, Fadiga y Diouf.
Hoy he comenzado el día publicando este post. Este Mundial lo recordaré, seguro, como el de Notas de Fútbol, y también como el de mi debut televisivo como comentarista deportivo (que ojalá se repita pronto). Ahora he de ir a la biblioteca del Museo de Bellas Artes a recopilar información de un artista sobre el que quiero escribir algo. Después, comeré en casa (este será el primer Mundial que vea en mi propia casa), pero el Alemania-Costa Rica quiero verlo rodeado de amigos, probablemente en casa de mi hermano. Quién sabe si, como hace cuatro años con Senegal, terminamos bailando en el salón al ritmo de los ticos.
Ahora, mientras apuro el café antes de salir, pienso en cómo me ha cambiado la vida en estos cuatro últimos años, en los últimos ocho, en los últimos doce… Lo ha hecho tanto, que en parte me da miedo pensar en que también cambiará en los próximos cuatro.
El día que comience Sudáfrica 2010, seguro que haré balance.
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