1994: Brasil, tetracampeón sin brillo
En un intento de conquistar el único territorio de la Tierra donde aún se mira el fútbol con resquemor, la FIFA concedió la organización de la Copa del Mundo de 1994 a Estados Unidos. El intento ha resultado sólo a medias, y curiosamente ha promocionado el deporte rey más entre las mujeres que entre los hombres. A día de de hoy, el balompié sigue a años luz en el imaginario americano de sus deportes ancestrales, béisbol y baloncesto, pero el crecimiento ha sido evidente.
Futbolísticamente, resultó un torneo bastante superior al anterior, aunque no se puede decir que se alcanzaran con frecuencia niveles de excelencia. Sorprendieron selecciones como Nigeria, Rumanía o Suecia, con fútbol alegre y abierto. Sin embargo, los dos finalistas alcanzaron la cumbre desde planteamientos diferentes a estos y similares entre sí.
A pesar del fracaso del sistema de Lazaroni en la anterior Copa del Mundo, el seleccionador Carlos Alberto Parreira construyó su equipo desde premisas muy próximas a las suyas. Diagnosticando que el motivo de que Brasil llevase 24 años sin ganar la Copa del Mundo era la intermitencia de las figuras y la inconsistencia en el centro del campo, montó un conjunto que desprendía un inconfundible aroma europeo, en las antípodas de la samba. Así, construyó una poderosa maraña en el medio, con poca creatividad pero mucho músculo, y dejó toda la responsabilidad del gol en manos de los delanteros.
Claro que estos delanteros se llamaban Romário y Bebeto, y probablemente por ello llegó Brasil a donde llegó. Ambos en la cumbre de su carrera, el jugador de dibujos animados que creaba como nadie goles de la nada, y el asesino con cara de niño que había llevado a los cielos al Deportivo. Por detrás, la media que definía el tono del equipo, con los galones del veterano Dunga y el poderío de Mauro Silva y Mazinho. Todos magníficos jugadores, pero de parecido perfil, mejores sin el balón que con él y maestros del posicionamiento y el robo antes que del pase o el gol. Dos incisivos laterales como Branco y Jorginho daban profundidad por las bandas, y Aldair y Marcio Santos echaban la persiana. No era la maravilla de Pelé o Garrincha, pero sí un grupo extremadamente competitivo. De todos modos, no sería muy recordado el conjunto si no se hubiera llevado el torneo.
Los brasileños superaron sin problemas la prinera fase, donde se midieron a suecos, rusos y cameruneses, muy lejos estos últimos de su nivel en el Mundial anterior. En Octavos se esperaba el anfitrión, que salió con un gran respeto y casi rindiendo pleitesía al histórico. El partido fue un monólogo sin profundidad de la canarinha, y lo decidió una jugada aislada, típica diablura de la pareja de ataque a falta de no demasiado tiempo.
Los cuartos de final depararon quizá el mejor partido del torneo, contra la Holanda que comandaba el majestuoso Dennis Bergkamp. Tras un bonito primer tiempo que sin embargo acabó sin goles, de nuevo Romário y Bebeto volvieron loca a la zaga oranje colocando en veinte minutos un 2-0 que se antojaba definitivo. Pero los holandeses tenían demasiado fútbol y demasiado orgullo para entregar tan pronto el partido, así que un gol estratosférico de Bergkamp y un testarazo de Winter inauguraron un nuevo partido; nunca los americanos habían visto fútbol de tantos quilates. Y para que nada mitigase el aroma a duelo mortal de la contienda, fue un tirador quien volcó definitivamentela la balanza: Branco.Y en la bola de su cañonazo iba montado todo Brasil camino de las semis.
Por comparación, el penúltimo peldaño fue sencillo. La reedición del duelo de la primera fase con Suecia y también de la final del 58 volvió a decidirla Romário, esta vez de gran cabezazo a diez minutos de la conclusión. Pero el encuentro tuvo claro color brasileiro, y sólo tardó tanto en resolverse por la magnífica actuación del veterano arquero Ravelli; los suecos siempre dieron la impresión de conformarse con haber llegado tan lejos, y no hubo grandes noticias de sus principales valores, Brolin y Dahlin.
Por segunda vez en una final mundialista, el último enemigo que acechaba a Brasil era esa Italia que siempre acaba volviendo. Como hemos dicho, las premisas en las que se basó su juego fueron muy parecidas a las de Brasil. Un arquero seguro, Pagliuca, con dos de los mejores defensas de la Historia por delante de él, Baresi y Maldini. Dos medios centros de fuerza como Berti y Dino Baggio, protegiendo a Albertini y a un Donadoni más sacrificado que de ordinario. Y arriba, un delantero de manual con potencia y gol, Massaro, y la estrella Roberto Baggio, sobre cuyas espaldas se colgó la azzurra durante todo el campeonato. Un equipo donde al final prevaleció el espíritu del catenaccio sobre el toque y el juego combinativo. El futbolista diferente por antonomasia, Zola, jugó trece minutos en Octavos y desapareció.
El trayecto de los transalpinos hasta la final del Rose Bowl fue una descomunal agonía que sólo puede compararse con la que sufrieron sus rivales. Comenzaron el campeonato perdiendo con Irlanda, y dos goles en los siguientes encuentros contra Noruega y México le dieron un mísero tercer puesto que significaba el acceso a Octavos. Las críticas a Roby Baggio por su inoperancia fueron severísimas.
En la primera ronda a cara o cruz, les correspondió Nigeria como rival. Las águilas verdes se habían convertido en la revelación del torneo, tras quedar primera en un grupo donde también estaban Argentina y la sorprendente Bulgaria de Stoitchkov (que a la postre fue cuarta en el torneo). Los nigerianos comenzaron bien su duelo contra Italia, adelantándose pronto en el marcador con gol de Emmanuel Amunike, pero renunciaron a su filosofía alegre y ofensiva y se dedicaron cada vez más a conservar ese resultado. Y desde luego, adoptar este comportamiento contra los reyes de la especulación es vivir demasiado al filo de la navaja; filo en el que se cortaron cuando Roby Baggio conseguía de un solo golpe el gol y su redención empatando en el último minuto. En la prórroga, un segundo tanto del hombre de la coleta eliminaba a un equipo que se había ganado el cariño de todos. Gran mérito transalpino, que había jugado poco al fútbol pero había levantado la eliminatoria con diez hombres.
En cuartos aguardaba la quizá mejor España de los últimos quince años, que se mostró superior durante todo el partido con un fútbol directo, preciso y muy serio. Pero en este deporte los goles mandan; primero un fenomenal zambombazo de Dino Baggio y casi sobre la hora un detalle de clase de Roberto, en la que a lo mejor fue la única jugada hilvanada de Italia en la segunda parte, hicieron inútil el titánico esfuerzo hispano y el gol de Caminero. La Historia, disfrazada de suerte, volvía a sonreír a los suyos, y una simple comparación entre Salinas y Baggio brindaba fácil explicación a tanta desgracia.
Paradójicamente, las semis fueron el partido más sencillo para los transalpinos. Enfrente Bulgaria, con el mencionado Stoichkov, Letchkov, Sirakov y compañía, que nunca dieron la impresión de ser capaces de superar la tela de araña montada por Sacchi en el centro del campo. En el otro lado, Roby Baggio, que había empezado el torneo como un fantasma y se había metamorfoseado en un gigante, hizo pedazos a los centrales búlgaros en cinco minutos de inspiración, remate y clase. Y aunque Stoichkov acortó distancias antes del descanso al transformar un penalty, nunca dieron los búlgaros la sensación de poder subir la montaña.
Así pues dos equipos extremadamente tácticos comparecían en el césped de Los Ángeles el 17 de Julio de 1994, en la única final que puede disputarle a la de 1990 el título de la más infame de la Historia. En aquella, al menos, hubo un gol, aunque fuera de penalty dudoso; en esta, ni eso. La peor propaganda posible para el fútbol en Estados Unidos.
Lo que los dos equipos hicieron a la perfección en este partido fue el secado de la estrella rival; en el caso de Romário, fue Baresi el encargado de dirigir el dispositivo defensivo para desactivar al Baixinho. A Roberto lo persiguió muy de cerca Mauro Silva, y el crack pasó desapercibido, al menos durante el tiempo reglamentario.
La primera parte fue un monumento al bostezo, con Brasil intentando tímidamente mantener el control de la bola, e Italia ciñéndose a los cánones más tradicionales y añejos de su fútbol. Lo único que dejó en la retina esta primera mitad fueron un par de ocasiones tímidas de la otrora letal pareja brasileña, roma el día de la final, y un balón vertical de Baggio que no supo aprovechar Massaro.
El segundo tiempo fue esencialmente más de lo mismo, con los italianos reculando cada vez más y Bebeto y Romário difuminándose progresivamente. Baggio tuvo el mundial en sus botas a pocos minutos del final, quizá la única vez que consiguió escaparse de Mauro, pero en el punto de penalty le abandonaron los dioses del fútbol que hasta entonces habían estado con él. Volvió a tenerla en la necesaria prórroga, pero Taffarel certificó que aquel no era su día. Ni el de Romário, que no llegó por centímetros a un balón que valía un Mundial.
Tenían que irse la resolución a los once metros para que la vergüenza (primera final sin goles) fuera completa. Y allí, para que todo fuera desagradable, los fallos de los mejores italianos, Baresi y Baggio, dieron el tetra a Brasil. Probablemente nadie que no fuera brasileño sonreiría, como tampoco nadie que no fuera italiano lo hubiera hecho en caso contrario. Afortunadamente, desde que la pelota de Roby voló al cielo californiano, comenzaba el sueño de Francia 98 para los aficionados y se corría el telón de un espectáculo indigno. Brasil mereció ganar, pero todos hubiéramos preferido que fuese de otro modo.
ALINEACIONES. Brasil: Taffarel, Jorginho (Cafú, m. 22), Aldair, Marcio Santos, Branco, Mazinho, Mauro Silva, Dunga, Zinho (Viola m. 106), Romário y Bebeto. Italia: Pagliuca, Mussi (Apolloni m. 34), Baresi, Maldini, Benarrivo, Berti, Dino Baggio (Evani, m. 95), Albertini, Donadoni, Roberto Baggio y Massaro.
Secciones: Italia, Alemania 2006, Alemania 2006, Brasil, Historia de los Mundiales
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