Italia: el fracaso de los que pueden y no quieren

Conozco un escritor cuya historia, de éxito, me llena de pena. Se llama B.
B. fue un lector temprano. Le encantaba la lectura. Con doce, trece años, devoraba libro tras libro, soñando que algún día él escribiría como Italo Calvino, Albert Camus o Julio Cortázar. En la adolescencia escribió cuentos de amor, inocentes, pero siempre bien redactados. Al llegar a la veintena, las injusticias del mundo eran tratadas en sus textos con magníficas alegorías. Todos los que le leíamos sabíamos que algún día llegaría lejos, que algún día tendríamos su Gran Novela entre las manos, y, con tono orgulloso, diríamos que le conocíamos desde niño, y que sabíamos desde entonces de su valor como escritor.
Sin embargo, poco a poco, la realidad se puso entre B. y su sueño. Dedicar tiempo al libro era algo cada día más duro para él. Escribir para uno es una labor ingrata, que pocas veces tiene su recompensa. Así, comenzó a escribir otras cosas, “para ganarme la vida”, se justificaba. Críticas literarias, reseñas de exposiciones de arte contemporáneo, etc. Pero requerían de mucho esfuerzo, y estaban mal pagadas.
Un día, aceptó una propuesta para escribir crónica social. La pluma de B., acostumbrada a grandes retos, se deslizaba sin dificultad por la senda de los insultos rosas. La gente le reía, y las revistas comenzaron a pegarse por él. Finalmente, firmó por una gran editorial, que le paga lo que nunca ha soñado ganar, por una columna semanal en una revista, alguna aparición esporádica en televisión, y un libro anual en el que despedaza a los famosos de turno.
Algunos dirán que ha triunfado. Sin duda, se gana la vida escribiendo, y gana más de lo que nunca hubiera podido soñar. Pero yo, que sé de sus posibilidades, que he estado soñando con ese libro que sólo él podía haber escrito, yo… creo que no hay peor fracaso que el suyo.
Quería contar esta historia, porque ayer me vino a la cabeza al ver el partido entre Italia y Ghana. La primera parte fue magnífica. Italia se plantó en el campo a demostrar lo que saben hacer. Fue un duelo de tú a tú, de juego rápido, con alternativas, en el que pudimos disfrutar de lo mejor que saben dar los mejores (Pirlo, Totti, Toni, también Nesta y Cannavaro en defensa). Durante esos cuarenta y cinco minutos, Italia demostró que sabe atacar, mostró que sabe hacer lo que otros son incapaces, lo que otros sólo sueñan con poder hacer.
Pues bien, después de esa primera parte, Italia decidió coger el camino más corto al éxito. Hacer lo más fácil (que es la regla de los mediocres). Decidió sustituir el talento natural de Totti y Gilardino por las carreras locas y desenfrenadas de Camoranesi e Iaquinta, se echó atrás y decidió que en ese campo en el que ellos estaban, nadie jugaría. Los debutantes ghaneses seguro que no daban crédito a lo que veían. Italia, tierra de fútbol, Italia, que cuenta con algunos de los mejores jugadores del mundo, situaba a todos sus hombres detrás de la pelota. Se cerraba. “Se acabó el partido”, decía. Y así fue. No hubo partido. Los ghaneses (que carecen de un hombre que sepa destruir una defensa poblada con un solo pase) se dieron una vez y otra contra el frontón que los italianos construyeron. Cualquiera que hubiera visto un partido de Italia con anterioridad, sabía que al final sentenciarían, casi sin hacer nada. Hasta los jugadores ghaneses parecían darse cuenta de ello, y a medida que avanzaban los minutos, se resignaban a su suerte. Hasta tal punto, que en los últimos minutos Kuffour decidió regalar el partido.
2-0, tres puntos, dirá Lippi.
Pero yo me imagino a Del Piero, a Totti, a Pirlo, Gilardino, ¿qué habrán soñado esta noche? ¿Pensarán que han triunfado, que pueden ganar el mundial? O por el contrario, ¿serán conscientes de que no hacen lo que saben hacer mejor que nadie, serán conscientes de que a pesar de ganar no hay peor fracaso que el suyo, el fracaso de los que pueden y no quieren?
Secciones: Alemania 2006
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