Tópicos sobre fútbol africano

Tras la primera jornada del Mundial, todo parecía indicar que el fútbol africano fracasaría estrepitosamente en esta edición. Todos los equipos africanos perdieron, excepto Túnez, que sólo consiguió un triste empate ante Arabia Saudí. Este hecho ha propiciado que los analistas futbolísticos de nuestro país desplieguen todo un rosario de tópicos sobre el fútbol africano que harían sonrojar a cualquier persona con dos dedos de frente. Este post intenta responderlos.
Hoy día el fútbol africano, en general, está cerca del nivel del europeo o del sudamericano. Selecciones como Senegal, Nigeria, Camerún o Ghana pueden competir perfectamente frente a cualquier equipo mundial. Otras, como Egipto, Malí, Sudáfrica o Marruecos, aún estando un peldaño por debajo de las anteriores, podrían aspirar a dar la sorpresa en cualquier campeonato. A nivel individual, las diferencias también han menguado, y hoy día los futbolistas africanos ocupan puestos de responsabilidad en los mejores equipos del continente.
Pero, si esto es así, la pregunta es ¿a qué se debe el previsible fracaso de los seleccionados africanos en este Mundial?
En el intento de responder a esta pregunta, se han abierto dos líneas. La primera, defiende que el fútbol africano no da el nivel debido a la falta de rigor táctico de los seleccionados, a la anarquía del juego colectivo y al “ser” propio de los futbolistas africanos, que al decir de estos analistas, vienen a perder la cabeza en los momentos importantes. La otra línea de explicaciones dice precisamente todo lo contrario. Para estos analistas, las razones del fracaso residen en que la “natural” condición de los africanos, su desparpajo, su alegría por jugar, etcétera, ha quedado aplastada por un nuevo rigor táctico “innatural” a ellos, por un orden propio de nosotros los occidentales, que hace que sus virtudes se pierdan.
De los primeros podemos citar a Javier Irureta, para quien “El fútbol africano ha progresado, con jugadores de calidad individual, pero falta cierto rigor táctico colectivo. Tampoco maneja bien los recursos defensivos y padece cierto retraso para adelantarse al fuera de juego. Les falta un cierto tiempo de trabajo”.
De los segundos, destacamos a Jorge Valdano y a Santi Nolla, director de El Mundo Deportivo. Para Valdano, las razones del éxito de los africanos hasta ahora residían precisamente en que se trataba de “jugadores que poseen un biotipo perfecto, una pasión tremenda por el fútbol y una libertad (si quieren hasta un desorden) en el proceso creativo que favorece la formación de jugadores distintos” (Marca, 17/06/06). Mientras que ahora, el fracaso se debe a que han intentado matizar esa “naturaleza” de su juego para “exagerar con el orden, con la preparación física, con las tácticas especulativas”, todo ello al “prescindir de entrenadores brasileños” (¿qué entrenadores brasileños?).
Para Santi Nolla, “cada vez hay más jugadores africanos en el fútbol europeo, occidentalizados. Desde muy pequeños, los grandes clubs fichan a futbolistas que despuntan o prometen en África. Las selecciones africanas han perdido aquella frescura de los ‘leones indomables’ de Camerún, aquella naturalidad de futbolistas antisistema, de equipos desestructurados con calidad y rapidez. Las selecciones africanas hoy se parecen más a las europeas que antes. Tenían un sello intransferible que han ido perdiendo a medida que los jugadores han ido integrándose en el fútbol occidental y al formar parte de la estrategia y la táctica, de la gran partida de ajedrez”.
Desde mi punto de vista, tanto las explicaciones de los primeros como la de los segundos, son herederas del peligroso tópico que identifica al africano como músculo (biotipo perfecto en palabras de Valdano), irracionalidad (“pasión tremenda” en Valdano, “antisitema” en Nolla) y anarquía (“libertad, desorden” para Valdano, “equipos desestructurados” para Nolla). No hace falta ser un antropólogo para darse cuenta de que todos estos tópicos son herederos de la categoría de “salvaje”, enfrentadas al del “hombre civilizado”. El salvaje representa la fuerza física, frente a la inteligencia del hombre civilizado (la metáfora de Santi Nolla es hasta insultante: los jugadores africanos han traicionado su supuesta “naturaleza” física para “jugar al ajedrez”). El salvaje representa la anarquía y las condiciones naturales, mientras que el civilizado representa el orden, el sistema y las condiciones adquiridas. El salvaje, positivamente, es el que lleva la vida en comunión con la naturaleza, la alegría, mientras que el civilizado ha perdido el contacto con la madre tierra, y tiene una vida triste.
Obviamente, no podemos estar en más desacuerdo. Desde nuestro punto de vista, solamente los prejuicios (utilizamos esta palabra sin sus connotaciones negativas, solamente como aquello que está antes (pre) del juicio) de estos analistas sostienen sus análisis. Tanto Valdano como Nolla parten de una base viciada, construida a partir de tópicos que en ningún caso responden a la realidad. Todo lo contrario. Si nos remitimos a los hechos, las selecciones africanas que han hecho algo en los recientes Mundiales lo han hecho desde el orden, la disciplina táctica y el trabajo en equipo. Muestra de esto son la Senegal de 2002 (comandada por un excelente estratega como Bruno Metsu) y la victoria de Ghana frente a la república checa (que, a pesar de haber sido una victoria cimentada desde el rigor táctico, lejos de agotar el tópico, parece alimentarlo aún más.
Selecciones como Togo o Angola se ven, por otro lado, se ven obligadas, dadas sus tremendas carencias futbolísticas, a adoptar un modo de juego estrictamente defensivo y especulativo. Pero lo mismo sucede con otras selecciones europeas. Recordemos a Estonia en la última Euro, o a selecciones presentes en las clasificatorias como Macedonia, Eslovenia, Islandia, etcétera, que también tienden a cerrarse frente a equipos superiores. Y ante estas selecciones nadie apela a que han traicionado una supuesta “condición natural” alegre y salvaje para adoptar el orden táctico.
Sucede, además, que cuando se adopta este tipo de juego, generalmente se pierde por un rebote, un fallo de un defensa, porque el partido se desnivela por una expulsión (es de Perogrullo: quien defiende debajo del arco tiene muchas más posibilidades de terminar con un expulsado). Cuando esto sucede con equipos como Estonia, Islandia o Grecia, se dice que el orden defensivo de estos equipos se vio roto por un error puntual que desniveló el partido, etcétera. Pero cuando sucede con un equipo africano, el tópico se impone, y tendemos a hablar de anarquía, falta de rigor, de falta de concentración, etcétera. Un caso insultante, ha sido el del error de Kuffour contra Italia. Los analistas encontraron un clavo ardiente al que agarrarse, que parecía confirmar sus tópicos, sin caer en la cuenta de que Kuffour ha sido el comandante durante años de una de las defensas más sistemáticas del fútbol mundial: la del Bayern de Munich.
Para terminar, queremos apuntar la verdadera razón del fracaso del fútbol africano en este mundial, que pocos analistas deportivos han sabido ver (excepto, por ejemplo, David S. Olabarri, periodista de El Correo ), una razón de carácter más empírica y menos metafórica que las esgrimidas por nuestros analistas: las características de la ronda clasificatoria africana.
Mientras que en Europa y Sudamérica se han establecido los sistemas de repesca para evitar sorpresas desagradables (en Europa se instauraron tras el Mundial de 1994, en el que Inglaterra y Francia no se clasificaron), en África se clasifica solamente el primero de cada grupo. Esto, sumado al hecho de que gran parte de los partidos son en campos en malas condiciones, bajo un calor asfixiante y, sobre todo, al hecho de que muchos de los jugadores africanos se niegan a participar en determinados partidos de clasificación (ya sea por evitarse durísimos viajes o por presiones de sus clubes de origen, que les amenazan con perder la titularidad), hace que las rondas africanas de clasificación estén abonadas a las sorpresas. Para muestra, podemos citar el partido que, con la hierba hasta las rodillas, jugó la selección de Nigeria frente a Angola en Luanda, y que terminó con victoria angoleña por un gol a cero. El once nigeriano estaba formado por jugadores semidesconocidos, sin contar con ninguna de sus estrellas como Aiyegbeni, Okocha, Kanu, Aghahowa, Martins, Oruma, etcétera.
Que nadie dude que si en vez de Angola y Togo, estuvieran jugando Nigeria y Senegal, el papel de los africanos sería muy diferente. Obviamente, esto nada tiene que ver con la “occidentalización” de los jugadores, ni con que se haya traicionado una supuesta naturaleza típica de los africanos. Es algo mucho más sencillo, y menos tópico.
Secciones: Alemania 2006
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