1998: El Mundial de Francia
El Mundial de 1998 repetía por segunda vez sede europea, siendo en esta ocasión Francia el país organizador. La FIFA introducía la última novedad relevante en la estructura del torneo, aumentando el número de participantes de 24 a 32, y pasando por tanto de seis a ocho grupos en la fase previa. La segunda fase, la intensa copa a vida o muerte, permaneció intocada. El nuevo sistema trajo rápidamente dos consecuencias positivas: primero, el aumento del interés de la fase previa, al cerrársele la clasificación a los terceros de grupo; y segundo e importante, la auténtica apertura del torneo a los nuevos continentes del fútbol. Por primera vez, el Mundial mereció realmente su nombre.
A su propio torneo, Francia presentó la tercera gran formación de su historia, tras la goleadora selección de Kopa y Just Fontaine y el exquisito combinado de Platini, Giresse y Tigana de los ochenta. Con una extraordinaria y multirracial generación de futbolistas, un hipotético triunfo de la selección gala se leería como una victoria de la política de integración frente a la exclusión, a la vez que saldaría la deuda del fútbol con el balompié galo, cuyas generaciones antes mencionadas se las llevó el tiempo sin que jamás el preciado torneo pasara por sus manos.
Por supuesto, el eje del equipo anfitrión era Zinedine Zidane, del cual poco hay que hablar; baste decir que quizá ha sido el mejor jugador de los últimos diez o quince años. Por delante tenía a un cazagoles modélico como Trezeguet - que no jugó la final - y a una bala en Thierry Henry. Considerando que la parcela atacante estaba bien cubierta con estos futbolistas (más el estajanovismo de Guivarc’h), el técnico Aimé Jacquet protegió a estos artistas con un prodigioso entramado defensivo, montando un equipo extremadamente táctico que resultó muy difícil de batir.
Así, el éxito de la Francia ’98 puso de moda la estructura del doble pivote defensivo, que desempeñaron con acierto Petit y sobre todo el capitán Didier Deschamps; en determinados momentos, incluso, el sistema era reforzado con otro medio de brega como Karembeu, con lo cual la tela de araña del centro del campo se tornaba irrompible. Por detrás, perros de presa del nivel de Lilian Thuram o Desailly y el magnífico lateral Lizarazu completaban uno de los equipos más recordados del fútbol moderno.
Sin embargo, el camino de Francia hasta la final del flamante estadio de Saint Denis no fue sencillo ni mucho menos, sino que pareció por momentos un campo de minas. Tras superar la primera fase amable que suele tocar a los anfitriones de la Copa (en la que lo único destacable fue la expulsión de Zidane por agresión) en octavos de final los galos debieron enfrentarse a la selección de Paraguay, verdugo de España. Aunque la diferencia técnica entre ambos equipos era notable, el equipo sudamericano supo llevar el partido a la prórroga a base de oficio y consistencia defensiva. Sólo un tiro a bocajarro del central Blanc tras dejada de Trezeguet consiguió derribar el muro guaraní, y el novedoso gol de oro le dio el pase a los de casa.
En cuartos esperaba Italia y un partido muy similar, terriblemente táctico y desagradable para el espectador. El cero a cero final reflejó con claridad lo ocurrido sobre el césped, y la lotería de los penaltis volvió a ser gafe para los transalpinos; por tercer Mundial consecutivo se despidieron desde los once metros, y en esta ocasión el ejecutor inmediato fue Di Biagio, vía larguero.
Las semifinales fueron un nuevo ejercicio de agonía para los franceses, esta vez ante Croacia. Los balcánicos disponían de algunas de las individualidades más decisivas del torneo, como el pichichi Suker, Jarni o Boban, y además llegaban crecidos tras haber vapuleado a la eterna Alemania. Para colmo de males, un error infantil de Thuram era aprovechado por Sukerman para inaugurar el marcador al inicio de la segunda mitad. Pero como si del más extraordinario e increíble ejercicio de redención se tratase, el defensa de Guadalupe levantó el partido con dos goles (el segundo descomunal), circunstancia absolutamente inédita en uno de los defensores más puros que ha dado el fútbol europeo. Su indomable espíritu llevaba a Francia a la final. A su final.
Como suele ocurrir en el Campeonato del Mundo, el último escollo que debía superar Francia antes de alzarse con su primer trofeo se llamaba Brasil. El equipo carioca, de nuevo dirigido por Mario Zagallo, comenzaba a dar síntomas de lo que ha sido la canarinha en los últimos años: una amalgama de estrellas que más o menos están en boca de todos los aficionados, alineadas en sus puestos, sin demasiado orden ni trabajo táctico. En esta ocasión las joyas de la corona eran las mejores versiones de Ronaldo, Rivaldo y Roberto Carlos, a los cuales se unían algunos jugadores en la cuesta abajo como Bebeto y Dunga, dos centrales rocosos como Aldair y Baiano y, al igual que en Estados Unidos, un segundo volante tapón. Este papel correspondió en Francia a Sampaio, cuya aportación goleadora fue curiosamente fundamental.
Brasil despachó con autoridad su grupo de la primera fase, a pesar de perder con Noruega el último partido, ya intrascendente. En Octavos el bombo les emparejó con Chile, enemigo notablemente inferior; Brasil resolvió cómodamente la confrontación con dobletes de Sampaio y Ronaldo, pero su juego colectivo seguía dejando serias dudas.
En cuartos, la seleçao se vio duramente exigida por una Dinamarca que se presentó en el césped de Nantes en actitud ofensiva y descarada. Una jugada de picardía de los hermanos Laudrup fue culminada por Jorgensen para poner pronto en ventaja a los nórdicos, aunque dos fogonazos de Bebeto y Rivaldo no tardaron en voltear el marcador. Así se llegó al descanso, y poco después de la reanudación, el pequeño de los hermanos restablecía el empate. Con el partido abierto, la táctica dejaba paso a la individualidad, y así apareció de nuevo el individualista por excelencia, Rivaldo, para firmar el 3-2 con un tirazo marca de la casa. A pesar del acoso danés en el tramo final y la angustia brasileira, ya no se movió el luminoso. Brasil estaba en semifinales, y Dinamarca había proporcionado al gran Michael Laudrup, en su último partido, la despedida que se merecía
Repitiendo el enfrentamiento de cuatro años antes, holandeses y brasileños volvían a verse las caras a un paso de la finalísima. Ronaldo, quién si no, adelantó a los americanos recién comenzado el segundo tiempo, pero Holanda empujó con insistencia y buen fútbol para que Kluivert obtuviera el premio a unos minutos del final. Pero también como cuatro años antes, el partido fue un remar para morir en la orilla para la oranje, pues en la ruleta rusa de los penaltis les volvió a salir cruz. El acierto de los tiradores brasileños y los dos lanzamientos que detuvo Taffarel ponían de nuevo en órbita a Brasil.
Se llegó pues a una final que se preveía como una dura batalla entre el rigor galo y la anarquía brasileña. Sin embargo, y ante la sorpresa generalizada, el partido definitivo resultó el más desequilibrado desde que Italia vapuleara a Alemania en el Santiago Bernabéu, más de quince años antes. El equipo anfitrión, controló el partido con mano de hierro desde que el marroquí Belqola dio el partido inicial. Desde el comienzo, les bleus amarraron sin piedad a las figuras brasileñas, con Desailly imperial en el centro de la defensa, Thuram minimizando a Roberto Carlos, Petit y Deschamps los amos en el medio, Zidane decisivo. Por parte americana, Rivaldo fue una sombra, y el mejor Ronaldo, con problemas de salud, protagonizó un fracaso mayúsculo del que tardó tiempo en recuperarse.
Francia rompió el partido de la forma más inopinada, con un violento remate de cabeza de Zidane a la media hora de juego. El hombre de las ruletas y los controles imposibles se había aprovechado de una de las suertes más viejas de la historia del fútbol. Pero llegó el gol en ese momento como podía haber llegado antes, en un par de remates del tosco Guivarc’h que no encontraron objetivo.
Pero no estaba escrito que fuera el delantero del Auxerre el héroe de la final.. Esa noche el fútbol había decidido ser justo y darle el protagonismo a Zizou, el jugador que simbolizaba como nadie la integración racial, y también los detalles que hacen inolvidable este juego. Derrotado en dos finales de Champions, tantas veces acusado de borrarse en las grandes ocasiones, dinamitó el partido con el gol que rompía la igualdad, y prácticamente lo cerró, al borde del descanso, en un testarazo calcado al anterior.
La segunda parte se jugó prácticamente a beneficio de inventario, pues no fue Brasil capaz de crear una sola ocasión de gol; sorprendente en principio para tratarse de la selección con más calidad del mundo, pero no al comprobarse el desamparo de los centrocampistas canarinhos en el medio del trivote montado por Jacquet. Sólo algunas subidas del poderoso Cafú por la banda diestra pusieron en algunos problemas a Lizarazu, pero el polémico Barthez vivió el partido más tranquilo que podía haber soñado.Y cuando ya se celebraba el título en las gradas, Petit provocó la catarsis con un estupendo disparo que cerraba la final y daba el título a un dignísimo campeón: Francia.
ALINEACIONES. Francia: Barthez, Lizarazu, Desailly,Thuram, Leboeuf, Deschamps, Djorkaeff (Vieria, m. 74), Zidane, Karembeu (Boghossian m. 56), Petit y Guivarc’h (Dugarry m. 66). Brasil: Taffarel, Cafú, Baiano, Aldair, Roberto Carlos, Sampaio (Edmundo m. 57), Leonardo (Denilson m. 46), Dunga, Rivaldo, Ronaldo y Bebeto.
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