Cuando un gol lo es todo
Toda la grandeza del fútbol está resumida en la imagen del portero Barry arrodillado mirando a su poste, mientras a un millón de kilómetros de allí, en el otro marco, Kalou va a decidir desde el punto fatídico si Costa de Marfil gana o no gana a Serbia. Cuando el rugido ensordecedor de un estadio en combustión anuncia el tanto, el portero enloquece, cierra los puños, grita, se vuelve loco.
Es lo que hace tan colosal a este deporte, lo que hace que miles de millones de personas estén, desde el rascacielos a la selva, de la montaña al desierto. No importaba que las dos selecciones no se jugasen prácticamente nada, ni que su equipo hubiese decepcionado a los analistas que le habían pronosticado el papel de revelación, ni siquiera la certeza del próximo viaje a casa.
Lo que se adivinaba en la emoción de ese portero era poder contarle a sus chavales que él estaba allí la primera vez que su pequeño país demostró, en la cima del fútbol, ser capaz de ganar; la sonrisa de los miles de compatriotas que abarrotaban el Allianz Arena y que Dios sabe qué sacrificios habrían de haber hecho para llegar allí; su propia redención, la del individuo por el equipo, ante sus terribles fallos de la primera parte que le dolían como una condena; y sobre todo, el afán competitivo, los once de naranja son los míos y le han levantado dos goles a los de azul de enfrente. Ese mismo sentimiento que es igual para los chavales de las favelas que para los que disputan la final de la Champions. El que convierte al fútbol en el lenguaje más universal.
Secciones: Alemania 2006, Alemania 2006, Costa de Marfil, Serbia y Montenegro
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