España no sabe volar

Algo le pasa a España, y no encontramos la respuesta. Todo el país entero se pregunta hoy qué es eso que le falta a nuestra selección. En busca de una verdad, hemos echado mano de la psicología, de la sociología, de la genética y hasta de la filosofía. Hemos revuelto las ciencias para que den razón de aquello que nos falta, y hemos elaborado explicaciones razonadas, nuevas y gastadas. Sabios del fútbol y de la vida (la vida, Salinas, que puede ser maravillosa) gastan hoy su saliva (la misma que se les caía ayer al hablar de nuestros once guerreros) en intentar dar razón de aquello que no se puede razonar (hacia donde botará la caprichosa pelota).
Es la grandeza del rito imprevisible que se desarrolla en un rectángulo verde que llamamos, y que llamamos fútbol. Siempre he creído que los partidos se juegan para hablar de ellos, y hoy me reafirmo en mi tesis. Yo, como todos, llevo todo el día hablando, y también pensando, en lo de ayer y en lo que podría haber sido y ya nunca será.
Pero nadie ha caído en que el fútbol tiene razones que la razón no entiende. Una cuadrícula no nos explicará lo que ayer sucedió, porque lo que sucede de noche no se entiende de día. Por eso, propongo que quizá sólo la poesía pueda decirnos qué es eso que le falta a España y otros tienen.
Leyendo un poema he encontrado, amigos, la repuesta: a España le falta un jugador que sepa volar.
Cito a Oliverio Girondo, uno de esos genios que solo el balón y la palabra producen muy de vez en cuando:
“No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! (y en esto soy irreductible) no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!”
Y con él, yo hoy digo que, no sé, que me importa un pito que los futbolistas disparen de lejos como cañones, o como niños de seis años; que den ejemplo en el campo, o que siguiéndolos los niños pierdan lo que tienen de virtuosos. Digo que le doy una importancia igual a cero al hecho de que sean bellos como Apolo o gordos como Dioniso, como Ronaldo. Y que soy perfectamente capaz de perdonarles que el gol lo marquen con la mano, con la cara o con el culo. Pero que eso sí, y en esto soy irreductible, que no soporto que no sepan volar.
Que en noches como la de ayer, nos duele que no sepan volar.
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