Francia acaba con la mentira brasileña

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Algunos nos lo habíamos creído. Pensábamos que, con tantos y tan buenos jugadores, era imposible que Brasil jugara mal al fútbol. Y no es que haya jugado mal. Es que ha dado pena.

Aunque Inglaterra se lo ha puesto difícil, Brasil ha sido, posiblemente, la peor de las 32 selecciones del Mundial en relación calidad - juego. Era el favorito unánime, pero deja el torneo en cuartos de final. Eso que para España es un fracaso, allí, directamente provoca suicidios. Francia, que ante Suiza y Corea parecía un equipo esclerótico, le ha pasado por encima, y muy especialmente en los veinte primeros minutos de la segunda parte. Zidane y Vieira, los dueños del partido, han puesto a la canarinha a perseguir sombras en un partido memorable. El mediocentro de la Juve está inmenso. Aparece en todos sitios, y a su habitual solidez une un inesperado protagonismo en el juego de ataque: de un derechazo a la media vuelta abrió la lata frente a Togo y con un cabezazo mandó fuera del Mundial a España. Frente a Brasil, Vieira, con su despliegue atrás y adelante, ha vuelto a ser un dolor de muelas.

Zidane merece su propio capítulo. Hoy ya sabemos que le quedan dos partidos para convertirse en ex jugador, aunque algunos le hayan colgado esa etiqueta mucho antes. Cuando Francia, sin Zidane, derrotó a Togo (2-0), a más de un iluminado se le ocurrió aprovechar semejante hazaña para señalar cuál era el cáncer de la selección. Domenech debía olvidarse de él si quería no ya hacer algo en el Mundial, sino simplemente derrotar a España. Hubo incluso quien dijo que Zidane era el motivo por el que Francia llevaba ocho años sin ganar un partido en el Mundial, obviando además que en la cita de 2002 sólo pudo jugar un partido. Frente a Brasil, Zidane no se ha librado de sus característicos goterones de sudor resbalando barbilla abajo, pero ha recuperado su versión más sublime. Su repertorio se irá con él. Es intransferible.

Tal es la estatura de Zidane y Vieira que Henry, el jefe supremo del Arsenal, no es más que un secundario. El gol de la victoria, eso sí, llevó su firma. De forma inesperada, Francia ha acabado con la mentira brasileña de Carlos Alberto Parreira. Criticado por su conservadurismo, el seleccionador brasileño aún podía sacar de la chistera una genialidad más: sacó de la alineación a Adriano, tan fuera de sitio que ha llegado a parecer un tronco, para reforzar el centro del campo con Juninho Pernambucano. Ni así olió la pelota Brasil, que a lo largo del torneo ha destilado una fuerte sensación de autocomplacencia. Sus futbolistas parecían convencidos de que los partidos acabarían cayendo sólo con la mística de su camiseta y la inferioridad del rival de turno, fuese el que fuese. Muy al contrario, la canarinha tuvo su primera ocasión clara de gol en el minuto 85. Ronaldo, bien sujeto, apareció poco y al final. Y ni Kaká, que ha ido de más a menos en el torneo, ni Ronaldinho le pusieron al ataque la menor pizca de picante. La participación mundialista del último Balón de Oro ha sido el colmo de la intrascendencia. Una decepción mayúscula en consonancia con la de todo su equipo, que no ha sido sino una gran mentira. No tenían la obligación de convertir cada partido en un spot, pero tampoco la de racanear de esa forma ante la mirada expectante de medio planeta. Tienen lo que merecen. Y la admirable Francia del 98, tan crepuscular como admirable en sus estertores finales, también.

Secciones: Alemania 2006, Francia, Brasil

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