Pirlo, Gattuso y la devotio
Mucho se está hablando de Zinedine Zidane y su sorprendente expulsión en la finalísima de anoche. Contrasta con lo poco que se está comentando el triunfo de Italia, de la menospreciada Italia, en el que es su cuarto título de campeón del mundo. El gesto del francés no puede emborronar el triunfo de una Italia que ha sido despreciada por su juego, por sus futbolistas y por su manera de hacerse con los partidos, pero que a estas alturas mira al resto de equipos desde las alturas. No recuerdo un campeón mundial tan maltratado como esta selección italiana. Ni siquiera el infame Brasil de EEUU’94 fue tanta víctima del vilipendio como el equipo de Lippi.
Hace unos días, con motivo de la semifinal entre Italia y Alemania, critiqué abiertamente el juego del mediocentro transalpino Andrea Pirlo. Nadie discute sobre la calidad, la visión de juego o la capacidad para crear fútbol del mediocentro milanista, pero creo que a todo un mediocentro del Milan y de la selección italiana debería de exigírsele algo más de regularidad y consistencia en su juego. Sin embargo, anoche Pirlo dio la buena. Ayer Pirlo si brilló, y sí dirigió a los azzurri como de él se espera, convirtiéndose en una de las claves de la victoria italiana (a pesar de ciertos bajones en su juego que a punto estuvieron de estropear las cosas para los transalpinos). Pero el medio milanista no estuvo solo en su dura batalla contra la mejor pareja de mediocentros de este Mundial (Makelele y Vieira).
Los que nos leen desde hace algún tiempo, saben de mi predilección por Genaro Gattuso. El bravo mediocentro de Cosenza volvió anoche a dar una lección magistral sobre el césped del Olimpiastadion de Berlín. Sin él al lado, me atrevería a decir que Pirlo no hubiese sido ni la mitad de lo que fue.
Observando anoche el juego de los dos jugadores milanistas y viajando veintidós siglos hacia atrás en el tiempo, me vino a la mente una práctica muy habitual entre determinados pueblos prerromanos. La devotio hispana consagraba a perpetuidad la vida de una persona a la de su caudillo o jefe, manteniéndole fidelidad y lealtad absolutas, hasta el punto de defenderle con la propia vida. Era costumbre habitual, en el caso de que el jefe o caudillo falleciese en batalla, que los guerreros que le habían jurado devotio se suicidasen acometiendo al enemigo a pecho descubierto. Su muerte, su suicidio, era la única manera de expiar el terrible pecado de la muerte de su superior.
Ayer. Gattuso parecía entregado a la devotio con Pirlo. Esa fidelitas que Rhino profesa hacia el fino centrocampista de Brescia, es lo que permite a éste crecer con el balón en los pies y la cabeza levantada. Sabe que, pase lo que pase, siempre tendrá a su fiel compañero cubriéndole las espaldas, ofreciéndose y ayudándole.
Una pequeña historia más dentro de la leyenda de los nuevos campeones del mundo.
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