Zidane, su último gesto

El escritor checo Milan Kundera escribió que desde que supo de la cómica muerte del astrónomo Tycho Brahe (quien murió a causa de la explosión de su vejiga por la vergüenza de levantarse a mear durante una recepción en la corte de los Rosenberg), se obsesionó con el modo en que pudiera morir. Decía que llegó a tener auténtico terror a morir de una manera ridícula, y ser siempre recordado por aquello, en vez de por el conjunto de su obra literaria.
En un sentido parecido, ciertos filósofos han señalado que el ser humano es siempre proyecto, excepto cuando le viene la muerte. Para ellos, en el momento en que morimos, somos más nosotros, pues se terminan todas nuestras posibilidades. Ahora, en vida, podemos ser cualquier cosa. Sólo tras nuestra muerte, se sabrá definitivamente lo que fuimos.
En la carrera de un futbolista, la última imagen que deja es la que perdura. Es su último gesto, desde el cual sus seguidores recordarán su imagen, o sobre el que se apoyarán sus detractores. Si Zidane hubiera terminado su carrera con una lesión en semifinales, hoy su figura sería más grande que nunca. Francia habría perdido la final, y la ausencia de Zidane, habría agrandado aún más la sombra que ese enorme jugador proyecta. Sin embargo, el último momento de su carrera, como la cómica muerte de Tycho Brahe, empañará para siempre todo lo demás que ha hecho en un campo de juego.
Albert Camus, filósofo evocado por los futboleros por su famosa frase de que todo lo que sabía de la moral de los hombres lo había aprendido del fútbol, metaforizó el destino de los hombres con la figura de Sísifo, de la mitología griega. Sísifo fue condenado a arrastrar una enorme roca hasta la cima de una gran montaña. En el momento en que consiguiera depositarla en la cima, sería liberado. Lo que sucede es que sobre él reinaba una maldición: justo en el momento en que estuviera a punto de lograr la cima, la piedra se le caería irremisiblemente de las manos. Así, Sísifo pasa la eternidad intentando alcanzar la cima con la piedra, que siempre se le cae de las manos en el último momento. Para Camus, esa imagen, ejemplifica mejor que ninguna otra la naturaleza de la condición humana. Estamos condenados a intentar lograr una felicidad que inevitablemente, nunca logramos. Siempre se nos cae la piedra.
Ayer la piedra de Zidane rodó después de un cabezazo en el pecho del nunca suficientemente criticado Materazzi. El gesto de Zidane mientras Elizondo levantaba al aire el símbolo rojo que ningún futbolista quisiera ver nunca, es significativo. En su mirada se podía ver cómo todo lo que durante tanto tiempo ha ansiado, volaba definitivamente lejos de él. El gesto de Zidane era el del Sísifo que observa impotente cómo la enorme piedra que con enorme esfuerzo ha cargado, rueda colina abajo sin que nada pueda hacer. Era el gesto de la desesperación más absoluta.
Ese es el último gesto que Zidane nos ha dejado. Un gesto que, aún tras la expulsión, pudo haber sido distinto. Porque lo peor fue que no salió a por la medalla.
En cuartos de final escribí que la historia de Rooney, con su expulsión, y el partido que Zidane se hizo ante Brasil, una oda tardía a toda la grandeza de su carrera, estaban ya escritas. Quería decir en aquel texto que quizá los hombres (y entre ellos los futbolistas) tengamos ya escrito nuestro destino, que quizá un último gesto que no depende de nosotros cierre definitivamente el capítulo de nuestros actos. Puedo comprender que el cabezazo de Zidane fuera un gesto espontáneo, casi incontrolable. Es humano, y los humanos respondemos a determinados impulsos con gestos que no controlamos. Qué le dijo el más sucio defensa que nunca haya pisado un campo es algo que probablemente siempre quedará en el lugar a donde se lleva el viento las palabras. Supongo (quiero suponer) que algo que nadie querría escuchar. Supongo (quiero suponer) que algo contra lo que merecía la pena revolverse. Supongo (quiero suponer) que, por ello, el gesto de Zidane no respondió a un dictado de su razón, sino de su estómago.
Sin embargo, hay otro gesto, no realizado, que pesará aún más que su cabezazo. Es el de no haber salido a recoger la medalla, con la cabeza alta, y arropado por sus compañeros. Cuando los ojos del mundo entero lo buscaban vanamente por el estadio, cuando sus más firmes defensores esperaban el gesto honroso que menguara aunque solo fuera en parte el anterior, Zidane prefirió la soledad del vestuario. Solo sus lágrimas lo acompañaban en ese momento. Probablemente, no quiso que nadie lo viera llorando. Pero debió pensar que muchos que también lloraban querían verlo. Compartir las lágrimas con nuestros ídolos los hace más humanos, los acerca más a nosotros.
Pero no salió.
Ese último gesto sí pudo cambiarlo. Pudo salir y con ello decir: “Aquí estoy. No soy infalible. Soy humano. Lo siento”. Salir y recibir los abucheos con el mismo orgullo que los aplausos, salir y recibir las críticas con la misma distancia que los halagos, salir y recibir las miradas decepcionadas de sus compañeros con el mismo espíritu de equipo con el que recibió sus abrazos tras el penalty a lo Panenka. Salir, en definitiva.
Pero no salió.
Es triste, pero Zidane debe hacerse a la idea de que siempre se le recordará (también) por estos dos últimos gestos, ya que nada podrá borrarlos. Como dijo el dramaturgo griego Agatón: “ni siquiera los dioses pueden cambiar el pasado”.
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